2 ene 2012

Mada... for ever...


Madagascar, para siempre


“Cuando el negro es un hombre es buen momento para el cazador… el blanco se pone nervioso y comienza a llenar el cargador…”
Yo corría persiguiendo al negro, suena mal pero así era. Recordé el tema mítico de Barricada.

Escuchando gritos de dolor angustioso llegamos a una reunión de casuchas de paja. Paramos enfrente de una de ellas, estaba construida sobre palos. Todas eran así, palos en vertical encallados en el suelo y maderas sujetas con cuerdas encima de los palos de la base. Fuerzan así un espacio entre la arena y el suelo de la cabaña precisamente para que cuando lleguen las lluvias la base de la cabaña no se moje. Los techos estaban hechos con ramas de palmera seca.

En la entrada de la casa se concentraba el grupo vecinal, se apartaron dejando un pasillo hasta el hueco donde debería estar la puerta. En el momento de entrar en la cabaña los gritos pasaron a un segundo plano. Tres mujeres acompañaban a la niña, tumbada en una cama. Fui directo hacia ellas y abrí mi mochila, aunque de poco podía servirme. La cabeza del bebé se veía, esforzándose en salir, quería ver el mundo que había estado escuchando desde hacía ya nueve meses, mucho más tiempo del que yo llevaba en esta isla africana. Pedí ayuda para que tranquilizaran a la niña, la tensión no la dejaba dilatar lo suficiente para que el bebé saliera.

El calor abrumaba y los tres minutos que duró el parto parecieron infinitos. Cuando tuve al bebé en mis manos corté el cordón con una navaja de Albacete e hice el nudo correspondiente mientras una de las mujeres, la mayor, trajo un recipiente con agua para lavar al bebé. Era una niña y sus llantos apagaron los de la madre que se quedó mirándola con amor extremo.

Todo había salido bien, yo temía por la higiene y posibles infecciones, el lugar no era ni mucho menos el adecuado para dar a luz. Arropamos al bebé con unas telas y se lo pusimos a la madre entre los brazos, comenzó a sollozar, me miró y sus ojos negros me dieron las gracias. La mayor de las mujeres me acariciaba los brazos y decía palabras en su idioma, después encendió algo parecido a un candil pero que echaba más humo. La mujer hizo bailar a sus manos y lo esparció por la cabeza de la madre y del bebé.

Cuando me dispuse a marchar, me fijé en los elementos que se sucedían en aquella casa, ¿cuántas personas vivían allí? Al menos conté ocho esterillas, había una cama de madera diferente a la que yacía la niña con el bebé. Las paredes estaban hechas con planchas de madera, debajo de la cama guardaban bolsas de deporte y el suelo ondulado y blando estaba cubierto por un tejido de paja anudado fuertemente hasta juntarse con las paredes.

En esa misma estancia estaba la cocina, era un simple hueco haciendo esquina con un montón ascuas y varios utensilios de metal y de plástico; cacerolas, botellas con líquidos impensables, vasos regastados, pedruscos ennegrecidos usados para proteger del fuego las paredes y el suelo.

Me di la vuelta para despedirme de las mujeres y observé a su lado una mesa, también de madera, cubierta de una fina tela morada y gris usada como mantel. Encima una maceta con flores de plástico, botellas de cerveza vacías, cuadernos, revistas y una radio en el centro. Salí pisando el suelo de arena de playa. Todo este pueblo tenía aquel suelo, estaba en la costa este de Madagascar en Manakara y el mismo negro al que perseguí me dio las gracias indicando que me acompañaría de nuevo a mi bungaló.

Dicen los expertos que esta zona de Madagascar es la que concentra mayor número de microbios y amebas del mundo. El mosquito infectado te pica en la planta del pie y libera sus huevas que van procreándose entre sí hasta que la infección es incontrolable, llegando a amputarte el pie como única solución.

Mientras caminamos me dijo que el dueño de los bungalós fue quien le advirtió sobre mí, no había médicos en veinte kilómetros a la redonda y era la única opción que le quedaba. Él era el padre del bebé y me invitó a cenar con ellos para agradecérmelo. Le dije que no, que tenía que volver a Fianarantsoa mi tiempo allí había terminado. Paseé por la playa hasta que el sol se marchó, el fuerte oleaje del Océano Índico no invitaba a bañarse además decían que esta zona estaba plagada de tiburones y que las corrientes son fortísimas. Al día siguiente haría autostop para llegar al P. Nacional de Ranomafana, cerca de Fianarantsoa.

El tiempo que pasé esperando algún alma caritativa que me transportara lo usé para ir escribiendo lo pasado durante las dos semanas alojado en esta isla. Las letras se plagaron de incertidumbre por la niña a la que había ayudado a nacer, era preciosa y su futuro no se pretendía alentador, sí, tenía familia, pero el padre tendría al menos treinta años más que la madre. Además, estaba seguro de que la mirada de la madre no fue solo de agradecimiento, quería decirme algo, o al menos eso me pareció.

Llegué Antananarivo en avión desde Paris. Tana, como la llaman los malgaches, es fea, caótica, desorganizada y abrumadora. Pero sus habitantes saben, sin enterarse, dar un sentido y una ilusión a ese mundo de caos. Continuamente venden y compran, es un mercado gigantesco. En todas las calles hay comerciantes y los trapicheos son continuos.

Me sorprendió que las casas en los suburbios estuvieran terminadas, revocadas y pintadas, eso sí, las aceras se componen de tierra y basura. Casi todos van descalzos, sus pies tiene una suela natural más gorda que la de las zapatillas J´jhaiver.

Tana es la única ciudad del país en la que puedes hacer algo de turismo cultural. Visité, acompañado por la tozudez de un guía local, el Palacio de la Reina y el museo de historia. Él fue quien me dirigió y me contó el movimiento de reyes y emperadores con poder. Es interesante saber que los malgaches practican la circuncisión, por eso en la puerta principal del palacio hay un monumento al falo o pene. A los niños les cortan el cachito de carne para convertirse en hombres. Después del corte, el abuelo debe comerse esa piel del niño cruda, si no lo hiciera el niño no formaría parte de la familia.

Después de varios días allí mi viaje continuó hacia la costa oeste, quería ver con mis propios ojos la avenida de Baobabs. Me instalé en un pequeño hotel del pueblo de Morondava, pasé la noche y a la mañana siguiente alquilé una moto para llegar hasta la famosa avenida. Me perdí un par de veces, la primera llegué a un poblado, su escuela escupía niños que al verme salieron en mi dirección y rápidamente me encontré rodeado de cuarenta o cincuenta niños que parados a tres centímetros de mí quedaron callados esperando que dijera algo. Mi pobre francés y mi sonrisa les recompensó porque todos comenzaron a gritar y a reírse. La profesora salió a mi encuentro y me invitó a pasar a la escuela. Después de la visita comprendí el porqué me había invitado a pasar. En el mismo aula se concentraban todos los alumnos y en cada pared había una pizarra. Todos los alumnos estudiaban juntos y lo único que dividía la clase era la orientación de los pupitres hacia una u otra pared. La profesora me enseñó para apenarme a una alumna con los brazos amputados, a otro tuerto y a otra sin dedos en una mano, lo hacía para que ayudara de alguna forma a la escuela, y así lo hice les di algo de dinero y me aseguró que lo administraría de forma equitativa. Me marché con un raro sabor de boca, pensando en las mil necesidades y en la suerte que no ven nuestros niños occidentales.

Click to enlarge Baobab.jpg
De pronto aparecieron ante mis ojos esos árboles extraños. Cuenta la leyenda que fue el primer árbol creado por Dios, se supo tan superior que se llenó de orgullo. Dios al enterarse, le castigó agarrándole del tronco y dándole la vuelta, por eso da la sensación de que su copa son las raíces. A mi entender Dios no los castigó lo suficiente porque se hacen contigo en cuanto los ves.

La única opción que me quedaba para salir de este pueblo era coger un taxibrousse (Vanette) de veintiuna horas que me llevaría de vuelta a Fianarantsoa, la segunda ciudad más habitada de Madagascar. No había vuelos de vuelta hasta pasada una semana.

Se dice pronto, casi un día metido en ese habitáculo, demasiado para una fisonomía occidental acostumbrada a dejar las posaderas a buen recaudo, respetando siempre el espacio vital. Las piernas se juntan durante tanto tiempo que tu piel suda y la suya, el sudor filtra en la ropa y se mezclan las dos culturas ¿qué se dirán? Al final se hacen amigos, los sudores, y tu cuerpo quiere saber más. Durante la noche dormimos, la chica de mi vera con la que compartía el sudor, se recostó en mi hombro. Solo éramos cuatro hombres en el taxibrousse y catorce mujeres, una de ellas con bebé, otra con su nieta, la nieta de unos cinco años sin rechistar en todo el camino y eso que solo paramos dos veces para orinar. Tanto tiempo sentado, los músculos del culo y los glúteos se apartan para dejar pasar al hueso, es una molestia desoladora. El sol apuntaba a desaparecer y el paisaje oscurecía la tierra seca y baldía. Atravesamos puentes, pueblos como Moramby y un desierto de arena rojiza repleto de montículos que sorpren-dían en las laderas. Cientos de ellos, como granos en la cara de un quinceañero, pensé en hormigueros pero más adelante me dijeron que los construían las termitas.

Dejé de escribir para centrarme en parar un coche. Un todoterreno blanco conducido por un malgache y sentado de copiloto un francés que trabajaba allí desde hacía seis meses. El francés era el encargado de la construcción de varias carreteras. Su empresa era una petrolera. Primero construían la carretera para poder transportar la gasolina y después de hecha tendrán la privilegiada concesión.

Llegué a Fianarantsoa en domingo, había estado un día y medio pateando entre árboles nunca vistos con troncos de un grosor descomunal. El P. Nacional de Ranomafana me dejó un aliviado sabor de boca, el guía que contraté y su ayudante el “busca lemur” me hicieron descubrir estos raros animales.

Día de descanso para recuperar fuerzas en Finarantsoa, poca gente en la calle, me relajé en un hotelito familiar sin dejar de recordar la cara de la niña al apoyar a su bebé en el regazo. El instante me pareció envidioso hacia mí, quiero decir, que parecía que me tenía envidia por mi condición de extranjero quizá. Pero después, ese mismo instante, en su remate final pareció tierno y bondadoso. No paraba de pensar en qué quiso decir. Entré en el lugar de apuestas, ruleta manual y peleas de gallos. Después a la iglesia (concurso de canción incluido) y para terminar vi un partido de fútbol y otro de voleibol. Madagascar me estaba gustando, la encontraba muy interesante, había un sentido en todos sus movimientos humanos. La alegría, aunque pobre, ocupaba el corazón de la mayoría de individuos. Estaba dispuesto a dejar algún tiempo más de mi vida en aquel terreno, creía que podía ayudar y que ellos me ayudarían también a mi. Salí del medio-estadio de fútbol y compré otra bolsa de cacahuetes, comiendo y trajinando con esa idea caminé en dirección a mi hotel. La vi, al otro lado de la calle, eran ella y ella, una encima de la otra, dormida, recostada en su espalda huesuda. La palma de la mano pedía monedas, los labios cuarteados y secos se abrían y cerraban con palabras silenciosas para mí, también para el resto que hacía caso omiso. Solté el cono de cacahuetes desparramándose por el suelo, me centré en ella y fui hacia ellas. Me miró sorprendida y con un movimiento certero su mano derecha se zafó de la tela que sujetaba al bebé, lo posó en el suelo y con otra mirada que no se me olvidará en la vida se escapó corriendo calle abajo.
Grité, hice la intentona de seguirla pero no pude dejar al bebé tirado, le cogí entre mis brazos y su sonrisa me conquistó para siempre.







10 nov 2011

Noruega

Hace pocos días regresé de una tierra apasionante, volví a los orígenes del planeta, al momento en que la naturaleza destronaba a cualquier dios y los hombres éramos insignificantes y minúsculos transeúntes. Una misteriosa tierra llena de lágrimas heladas, de colas de caballo y de saltos de agua. Un lugar para desmejorar el resto, para cerciorarse de que seguimos manejados al antojo de La Madre Naturaleza.

El ambiente es salvaje, el aire oxigena y tu mirada queda limpia. No puedes ir rápido, el sosiego prima ante todo y la paz ahoga a la maldad sin miramientos. Estamos en una sociedad con pasados vikingos. Con astutos, fieros y hechiceros. Con mitos paganos de trolls y elfos, con unos reyes sangrientos y despiadados, con aventureros enamorados y esclavos desafortunados.

Un viaje de semana fue suficiente para comprobar que todo lo descrito en párrafos anteriores aún se siente y se palpa. Recorrer sus carreteras eternas es lo mas interesante, ver como cambia el paisaje kilómetro a kilómetro, como caen manantiales de agua de los riscos de las montañas. El agua se compenetra a la perfección con la tierra, está por todos lodos, los ríos mantienen un caudal explosivo, con una fuerza extrema.

Siendo un país con unos recursos naturales muy rentables viven muy pocos privilegiados, los que viven tienen mucho dinero, nadie se muere de hambre y hasta los jubilados tienen un servicio especial de trabajo durante la temporada alta (de Mayo a Septiembre). Es un país con pleno empleo, en el que si eres de allí puedes solicitar al Estado un terreno dónde a ti más te guste y plantar una casa, eso sí el terreno siempre pertenecerá al Estado. Un país dónde el sueldo medio es de 3500 euros al mes, aunque también es verdad que una cerveza en cualquier bar te cuesta 8 euros, o sea que poca gente verás bebiendo en un bar o pub. Las ciudades son prescindibles si no tienes mucho tiempo, pero no puedes dejar de visitar el fiordo de los sueños por mar o por tierra, el Preikestolen (el púlpito), conducir por la carretera de la montaña Sofnefjell, visitar el antiguo pueblo minero de Roros y con suerte entrar en la vieja mina, probar la carne de reno, averiguar el porque tienen césped los tejados y sobre todo nunca dejes de disfrutar con la omnipresente Madre Naturaleza. ¡Aleluya!

18 oct 2010

China love

Intro

No es nada fácil para un occidental adentrarse de sopetón a una cultura tan cerrada como la China. Para saltar esa muralla, primero debemos documentarnos, saber sobre ellos y ellas. No vale con comprar el billete de avión y aterrizar allí, tampoco es suficiente ir a comprar cervezas a los chinos del barrio y menos cenar en un restaurante chino pensando que esa es la comida tradicional.
Somos muchos los que creíamos que la salsa agridulce se usa en China para derramarla encima de los rollitos de primavera, como hacemos aquí, y después de veintimuchos días no vi ese líquido por ninguna parte. También, somos unos cuantos los desafortunados que antes de partir pensamos – Para qué voy a comprar papelillos de liar si con todo el arroz que hay allí seguro que tienen – Pues no, ni hablar de papelillos.

Pues eso decía, que para viajar debemos documentarnos, no digo que nos empollemos los cuatro libros de Confucio, pero por lo menos saber que la leyenda urbana de que si todos los chinos se pusieran de acuerdo para saltar a la vez, la tierra temblaría, es falsa.
Lo que abajo dejo son experiencias en primera persona de los lugares por dónde pasé.


Beijing

Septiembre interesante o gran septiembre. Viajé a China por aclamo popular de mis neuronas, ellas me aconsejaron que dejara por un tiempo la monotonía de mi vida, todos los días empezaban igual y terminaban de la misma manera.
Aterricé en Beijing después de catorce horas entre nubes, hacía frío. Mi mochila era pequeña, muy poca ropa. El taxi me llevó directo al albergue, en ese viaje de una media hora intenté no hacer comparación alguna con la educación de los taxistas aquí y en España, pero me fue difícil. Pensé que él era solo uno de los millones de personas que viven en la ciudad y así fue. En el albergue era todo amabilidad y cordialidad, las recepcionistas me recibieron como a un héroe europeo y directamente me ofrecieron desayunar.

La ciudad de Beijing es inmensa, mucho tráfico. Me adentré en sus grandes avenidas perfectamente mezcladas con estrechas callejuelas, las primeras adornadas con luces de neón y las segundas con farolillos. Los puestos de comida abarrotan los laterales, probé con poco ánimo el pincho de caballito de mar y me atreví a clavar mis molares en el pincho de escorpión, más crujiente que una corteza.
Me fue complicado orientarme dentro del Mercado de la Seda, ahora no es un mercado callejero es un edificio enorme de siete plantas diferenciadas por temas: ropa, joyas, informática, relojes, nieve, zapatos y bolsos. Hacen imitaciones perfectas de todo, pero aconsejo que no compréis nada electrónico porque el ochenta por ciento de las veces no sirve para nada. Su forma de vender es gritando, agarrándote del brazo, te sacan calculadoras con dígitos gigantes y dan manotazos para atraerte, muy agresivos. Terminas comprando aunque por mucho menos de lo que piden.

Coincidí con una chica que sufrió a lo bestia rodeada de vendedoras, aturdida intentó salir del atolladero sacando el dinero que la pedían por una cazadora de cuero. Se lo puso en la mano, le dieron la chupa y desaparecieron. Se quedó exhausta, sin atreverse a dar otro paso, miraba hacia el suelo de mármol brillante y después a la cazadora. Fui a su encuentro y la objeté que se pusiera la cazadora. Ella me hizo caso mirándome fijamente a los ojos. La quedaba perfecta, era para ella y nadie más. - Le dije:_ Has hecho muy bien. Me volvió a mirar sonriendo y se fue.

Era importante desaparecer de ese mercado de locos para acercarme a la Ciudad Prohibida, es un punto indispensable si visitas Beijin. Se accede desde la plaza de Tiannamen, posiblemente la plaza pública más grande del mundo, y en la entrada se puede ver el póster gigante de un tal Mao. La verdad, es imposible imaginarse la vida allí, disfrutaban pocos y trabajaban muchos. Me quedó claro que los emperadores tenían derecho a todo y sus órdenes se seguían con obediencia absoluta, aunque a menudo, las emperatrices gobernaban en la sombra. Siempre había disputas entre ellas y las concubinas; peleas, chivatazos, envidias era su día a día. Las concubinas entre 14 y 16 años eran elegidas en una especie de reclamo estatal. Se presentaban en la corte y eran elegidas por guapas. Algunas marcaron la historia de China ya que sus hijos llegaron a gobernar con pleno derecho.
Destaco los colores de la madera y sobre todo los tejados encorvados hacia arriba, de perfecta simetría. El suelo empedrado recorre pasillos y patios dónde se concentraba la corte para escuchar las palabras sabias del emperador. Casi todos los palacios representan algún estado: longevidad, riqueza, intelecto, sabiduría... Todo tiene un uso y las zonas se encuentran perfectamente delimitadas. Podían llegar a pasar años desde que un simple comerciante de fruta volvía a ver a un militar dentro de la Ciudad.

Salí de la fantasía después de varias horas y acepté la oferta de un hombre para visitar los Hutong (barrios muy pobres de casas bajas para 30 familias de media y un aseo para compartir)
Cuando subí a la especie de Ricksaw cantonés giré la cabeza a la derecha y volví a ver a la mujer de la chaqueta de cuero. El hombre comenzó a dar pedales hacia ella y pasé rozando su cuerpo, dudando en saltar y abordarla o dejarlo pasar. Mi mente creó su imagen volviéndose hacia mí, pero continué sin mirar atrás.

Treinta minutos bastaron para ver que no es oro todo lo que reluce, incluso con motivo de los JJ.OO del 2008 se construyeron muros para separar los Hutong del resto de la ciudad, eso, en el mejor de los casos, porque muchos otros fueron destruidos para dejar paso a la ciudad moderna.

Hablando de maravillas mundiales, la Gran Muralla, es sin duda una de ellas, el trazado sube y baja atravesando una cordillera. Es difícil andar sobre los 6 metros de ancho de la muralla por su inclinación, algunos tramos superan el veinte por ciento y subir es cansado pero bajar es peligroso. Imaginando el construirlo te chorrean los sobacos y la cabeza. Muy duro además de lo difícil y sangriento. Murieron cientos de personas construyéndola y aún sus huesos forman parte del semblante de la muralla.
Me quedé tiritando cuando volví a verla y sin contemplaciones fui en su busca. Viajaba sola, se llama Teresa, la dirección en su viaje era el oeste. No pude sacarla nada más, se marchó corriendo. La seguí hasta la puerta de entrada, subió en un autobús y desapareció.


Pingyao y Xi´an

Me obsesioné con la imagen de aquella mujer, su piel tersa y limpia hacía amedrentarme, sus ojos verdosos y hondos escondían mis palabras. La forma de caminar dejaba obsoleta mi idea de viaje, mis fotos dejaron de captar las imágenes que enfocaban, la veía en ellas. Me concentré en la salida del tren hacia Pingyao, pequeña ciudad amurallada y antigua sede central de la banca china. Los torreones de de entrada son de arquitectura tradicional con tejados puntiagudos. La ciudad antigua esta dentro de la muralla. Las viviendas, casi todas con patio interior, son preciosas y memorables.
El suelo de la ciudad es todo de piedra, baldosines negros que agotan los pies. Los días pasaron tranquilos, sin sobresaltos más allá de los normales por el tipo de cultura. Me sorprendió ver a los niños con pantalones abiertos por el trasero para hacer más fácil la deposición en cualquier rincón. También compré naranjas aunque su color fuera verde. Disfruté comiéndome una naranja verde subido en la muralla, palpando el contraste. De un lado el relax dentro de la ciudad amurallada, y del otro, el ajetreo incansable de vendedores y transportistas en la ciudad nueva.

Mi itinerario continuaba al día siguiente hacia la ciudad de Xi´an, estaba disfrutando. Las conversaciones se limitaban a preguntar sobre comida, lugares turísticos y precios. El inglés de los chinos era muy limitado y no sabían nada de español. El viaje en tren hasta Xi´an estuvo amenizado por la conversación que mantuve con un joven chino, se llamaba Jacky King. Me hablo sobre política, salarios, vivienda y sanidad pública mientras comíamos un tarro de noodles. (Compras el bote de noodles y cuando pasa el operario del agua caliente le pides un poco y esperas a que la pasta se cocine, echándole después el sobre con el sabor elegido)

Me extrañó que Jacky no se inmutara cuando le conté mi historia con la chica de la chaqueta de cuero, toda esa serie de coincidencias con ella no le causaron ninguna impresión, sólo me dijo que no era la primera vez que alguien le hablaba sobre élla. Él hace ese trayecto en tren a menudo e intenta hablar con extranjeros y así practicar el idioma. Algunos le hablan sobre esa mujer, con la misma descripción física y los mismos encontronazos, siempre con personas que viajan solas. Jacky cree que la mafia china atrae así al turista, para secuestrarle mas adelante, pero eso es lo que él se imagina porque no tiene ninguna prueba.
Me dejó nervioso y no pude pegar ojo en toda la noche, además las literas eran muy duras y los ronquidos se multiplicaban.

Llegué a la ciudad con un mal sabor de boca, me fui directo en busca de un albergue pero mi percepción de las cosas había cambiado, la gran metrópoli estaba sucia, el caos circulatorio de la plaza principal, dónde se eleva la Torre de la Campana, me desconcertó.
El contraste de esta plaza con los mazacotes comerciales, cada cual mas grande, y la nebulosa del ambiente hacían de Xi´an una ciudad malhumorada, sin ningún gusto y repugnante.

Cené ligero recordando las palabras de Jacky. Pescado, gambas sin pelar y arroz con verduras. Ensimismado viendo pasar a todo tipo de gente a través del cristal me quedé en blanco y sin reacción, la ví de nuevo sentada en la parada de autobús al otro lado de la calle. Después de varios minutos observándola, pagué la cuenta y me decidí a recorrer los treinta metros que nos separaban. Me planté en línea recta y estuve seguro de que me había visto, pero un autobús se interpuso entre su mirada y la mía. Agarró el autobús y al sentarse pegada a la ventana me amenazó con el dedo. Era extremadamente atractiva, llevaba el pelo recogido, fervientemente negro y largo, era alta si la comparamos con la media de las mujeres de aquí.
Desde el otro lado de la acera paré a un taxi y con gesticulaciones casi ofensivas se enteró que quería seguir al autobús. En cada parada me cercioraba de que no saliera, la noche se echaba encima y sin darnos cuenta habíamos salido de la ciudad. El bus paró por enésima vez y salió Teresa, ordené a mi taxista que parará, sin dejar de mirarla. Llevábamos cuarenta kilómetros de persecución sosegada y todavía no me había fijado en él, le pagué los ochenta yuanes contrayendo mis facciones al verle las manos tan sucias, con las uñas largas y rebosantes de algo verdoso y marrón. Si hubiera podido entenderme, le hubiera aconsejado que usara parte del dinero en hacerse una limpieza corporal. Yo tampoco soy de cremitas y peeling pero por lo menos un corte de uñas necesitaba.

Teresa y yo frente a frente, la única luz de una farola alumbraba la entrada de lo que parecía un museo. Me miró y corrió a la puerta de entrada, con un salto ágil se agarró al punto mas alto y me insinuó que la siguiera. Salté detrás de ella y la perseguí corriendo entre árboles altísimos, el camino era de piedras y las indicaciones que me daba tiempo a leer estaban escritas en inglés, me llevaba a la entrada de algún lugar turístico. Terminó la hilera de árboles y una gran explanada con casetas y tornos indicaban el final del recorrido, después tres naves enormes tapaban el horizonte. Teresa me esperaba en la puerta de la nave central con una linterna, llegué a ella y me susurró:_ Silencio, te voy a enseñar la octava maravilla del mundo. Me cogió de la mano y caminando despacio entramos.

La época de los grandes emperadores de China estaba marcada casi siempre por guerras, las disputas por el territorio y por el poder hacían a los emperadores protegerse, y para ello formaban a grandes guerreros sin escatimar en armas. En el punto dónde nos encontramos se han encontrado mas de cinco mil estatuas talladas a mano, ninguna tiene la misma cara y todas están alineadas como en el campo de batalla, las figuras son los soldados del emperador que aún hoy, después de dos mil años y ya muerto le siguen protegiendo en la otra vida. Si tocas cualquier lanza, cuchillo o flecha de las que llevan talladas los soldados, es muy probable que mueras en menos de una hora, porque el veneno todavía está activo.

Toda la historia me la iba contando Teresa mientras caminábamos despacio entre las estatuas, a mi me parecían gigantes muy cabreados por interrumpir su descanso nocturno pero a ella no le parecía nada del otro mundo. En las demás naves vimos figuras de cuadrigas y caballeros montados en su caballo. Esto era un verdadero ejército que si resucitaran hoy para volver a matar, muchos países que se creen poderosos sucumbirían con facilidad.

La noche se cerró y la única luz que teníamos parpadeaba con ganas de descansar. Salimos del museo y nos tiramos al césped ya cerca de la entrada principal. Era el momento de hablar con ella, de preguntarle mil cosas, pero cuando abrí la boca me sorteó un beso profundo, seguido de lo que se puede llamar magreo y finiquitando con la conjunción de nuestros cuerpos. Fue tan intenso que nos quedamos dormidos uno frente al otro.
Me desperté con muchas cámaras de fotos en la cara, las risas por mis pintas se escucharon y uno de seguridad me acompañó a la salida.

Volví al albergue cabreado y me planteé olvidarme de lo ocurrido, no quería volver a verla. Así que compré un billete de avión hacia el sur. Guilin era mi destino, quería degustar manjares como el sapo frito, la rata del bambú, serpiente cocida y frita y demás rarezas que seguro me harían olvidar a esa mujer.
También el paisaje, más verde y con menos polución fueron la causa de que el tiempo que estaba despierto no lo pasara intentando encontrar una explicación coherente a lo que me pasó, al porque desapareció.


Guilin y Yangshuo

Desde el albergue fui directo a la cueva de la Flauta, en el bus nº3 por tres yuanes. Las bóvedas son altísimas, sus estalactitas y estalagmitas se unen creando formas imaginarias de setas, ciudades, montañas, insectos, leones, verduras, flores, pájaros y medusas. La cueva está casi seca, los grupos de turistas quitan el encanto y la iluminación que intenta dar color a las piedras la estropean.

Anduve por la ciudad, por sus calles peatonales, hacía calor. Llegué a un parque dividido por dos lagos; el Rhon y el Shan. Romántico atardecer. La luz anaranjada del sol traspasaba las dos Pagodas y se posaba en el agua hasta llegar a mis pies.

A la mañana siguiente contraté una ruta en barco para llegar hasta un pueblecito entre montañas extravagantes. Cuatro horas y media de descenso acompañado de placer por los paisajes imperdibles. Cientos de picos a diferentes alturas recorren las orillas del río creando formas magníficas, ninguno es igual y ninguno sobra. Se encuentran en perfecta conexión, todo un horizonte de curvas. Esas curvas me recordaban a Teresa.
Si diéramos la vuelta a la superficie parecerían las huellas marcadas por los dedos de un gigante, aplastando e intentando cambiar el curso del río Lí.

Llegué a este tranquilo pueblo, tocado de alguna forma por la madre naturaleza, cené con el chismeo del agua y me fui a la cama. Desayuné y alquilé una moto eléctrica para recorrer los caminos que rodean las montañas picudas. Sin darme cuenta había pasado un día contento, me sentí en libertad conmigo y encontré un poco de normalidad dentro mi espíritu. Aparqué la scooter a mitad de camino para adentrarme en la Cueva del Agua. Me arrastré detrás del guía por agujeros de muy pocos centímetros, sofocándome y averiguando lo que significa claustrofobia. Galerías con tímidas cascadas y saltos de piedras continuaron hasta llegar al final de la cueva, allí me esperaba una piscina natural de barro, embadurnado de ese líquido viscoso salí a la superficie y arrancando la moto continué hasta el pueblo.
Al día siguiente, desayuné, recogí mi bolsa y marché en bus hasta Guilin, desde allí volé hasta mi final, Shanghai.


Shanghai

Llegué a un bosque de edificios, al consumismo y capitalismo en estado puro, a una fantasía eléctrica desbordante, a la antítesis de la antigua China, a Shanghai.
Todo me desbordaba, me desorientaba, me absorbía y enloquecía el primer sentido, la vista. La captó y ya no pude dominarla. Esta ciudad es una gigantesca máquina tragaperras.

Andando por el Bund (Waitan), recordé a la mujer de mi viaje, todos los encontronazos con ella. ¿Fueron casualidad o estaban planeados? Seguí caminando despacio, mirando hacia la otra orilla del río. Los rascacielos forman parte imprescindible de este paisaje urbano, sobre todo la Torre Perla de Oriente, de cuatrocientos veinte metros de altura. Es una torre de telecomunicaciones y es posible su visita.
El tiempo de mi viaje se estrechaba, sólo disponía de un día más y no quería desaprovechar nada de él.
Monté en el metro, pero después de varios intentos por acercarme al comboi desistí, las aglomeraciones y caos te hacen enfurecer. Empujan y pegan para entrar. Si yo hubiera medido diez centímetros más habrían sentido la furia gallega de mi sangre, pero el caso es que lo intenté de todas formas y no pude. Di media vuelta y volví a salir del metro en la calle Nanjing Donglu, muy comercial y abarrotada de gente.
Paseé por la plaza del oro, atravesé el puente Zig-Zag, me adentré en los bazares de telas y ropa y paré para comer en un puesto callejero, pinchos de pollo y carne, tortas rellenas de vegetales, noodles y fruta. Quise descansar con la visita al parque Yuyuan y lo hice, es precioso, muchos recovecos y agua en abundancia, fue fundado por la familia Pan, ricos funcionarios Ming, lo tardaron en construir 18 años. Dentro no crees estar en esta bulliciosa ciudad.
Me senté y saqué la cámara de fotos, pasé de una en una desde el comienzo del viaje, recordando con la ayuda de la imágenes. Había visitados lugares increíbles pero en mi cabeza seguía ese sentimiento hacia Teresa, me hubiera gustado haber compartido más palabras y más tiempo, ahora me tocaba volver a mi país y sobre todo a la monotonía de siempre, había sido estúpido por pensar que mi vida era especial.
Siguiendo con ese pensamiento pesimista escuche detrás de mi una voz de mujer que preguntaba:_ ¿Tienes algo importante que hacer en España?
Fin.

3 nov 2009

Palabras, cuentos y personajes de México

Palabras.

Una ducha para quitarse el calor, un día de playa en el trópico, un paraje inquietante, una temperatura asfixiante, un pedo al ras del ventilador, un país de infarto por descubrir, una carretera para avanzar con un fin. El tiempo parado hoy, un pasado de amistad con un hombre audaz, familiar, noble, honesto y leal. El pueblo coloreado nos hizo pensar, atar y estrechar al amigo nuevo, desde lo más alto, con el Pipila al costado y el viento azotando las palabras de los borrachos.

Un hijo posible o imposible, una pelea de gallos españoles y mexicanos. Cambio de rumbo, de orientación. Dejamos la 200, la carretera de la costa para coger camino al interior. Kilómetros y horas de líneas perfectas con un mar verde. Aquí la modelo y la pacífico no se calientan con el ambiente. El W.C al lado de la barra, salpican las gotas. El tequila calienta la garganta. Miles de tacos se adentran en nuestros estómagos; asada, pastor, adobada, buenísimo.

El tiempo no da tregua al viaje. La gasolina barata da fuerza al motor del Chevy para atravesar el altiplano mexicano. Morelia, Guanajuato, Paztcuaro, volcanes, picos, bosques, campos…

Un mural en la pared del hotel me recuerda un ciudad tranquila, hecha para que el corazón se abarrote de colores, para que tu enamorada te de un beso gracioso en un callejón con pasado. Allí, en esa ciudad con sangrienta historia unos mariachis cantan temas escuchados, la bandera de la nación sobrevuela y esparce sus cenizas con un único pecado y un único dón.
Indígenas con pies descalzos y criollos encapuchados con artificios del liberalismo, cubatas, relojes-pizzas, móviles y maquillaje se mezclan en las plazas, calles y andadores, compasivos unos y campesinos otros.

Los mineros vivían aquí, dejo de utilizarse el carbón y sus túneles aún se mantienen. Me imagino un aguacero rápido, miles de litros de agua semi compacta estrellándose en el cristal del coche, pisamos freno girando a la derecha directos a la cuneta. Mientras, los rallos cruzan la bóveda del cielo y Café Tacuva no deja escuchar el trueno.

Creamos con la ayuda de nuestras extremidades, pero desde algún lugar de nuestro cerebro, ya sea por vivencias, creencias, visiones o alucinaciones, lo desarrollamos, y entre toda la maraña confusa, las ideas salen y deslumbran. Los materiales que propone la tierra son suficientes, aquí he visto madera, hierro, plata, telas, flores, piedra… Solo hace falta que nosotros los tratemos y creemos.

Con la palma abierta hacia la cara y levantando el brazo es como se expresan para dar las gracias o para dejarte paso al cruzar la calle, por supuesto, después de eso, una sonrisa continua y sus ojos brillan a la par con los tuyos. En los pueblos mancomunados regalan la visita al médico, los peinados para la niña y el corte de cabello. Son mancomunidades dedicadas a la agricultura, ganadería y artesanía. El último pueblo del valle acaba en las mas antiguas balsas de agua subterránea, aparece a la orilla del precipicio y desaparece también por el. Lleva tantos años manando junto con el sulfato que han creado una capa y otra hasta convertirse en piedra blanca agrietada. La visión global es una cascada de piedra o el agua congelada en un tiempo milenario.
Me sentí en el pueblo, olor a humo, aire limpio y fresco, la mirada en las montañas que también son mías, el recuerdo perdido de años atrás.

Los días amanecen nublados, el desayuno nos lo tomamos entre la vegetación del patio interior, todas las viviendas lo tienen, son de un solo piso, la luz entra. Se sabe que los españoles vivieron aquí, son construcciones castellanas, manzanas y manzanas perfectamente ordenadas. En algún momento llegas a la plaza de armas con la catedral a un lado, el ayuntamiento a otro y el jardín en el centro. Así son las ciudades y los pueblos. Si te alejas del centro urbano encuentras los libramientos o circunvalaciones y mucho mas caos.

Los días continúan mojados, con un ligero aire fresco, paseamos, visitamos pueblos, cascadas, lagunas y casi Guatemala. Los únicos sabedores del volumen de agua que cae en estas tierras de trigo y maíz son los pies babosos, ellos aguantan como nada los trotes, tropiezos y deslizamientos. Ellos pisaron tierra del mar los primeros días de viaje, apretaron el acelerador para que viéramos las hermosas calas tropicales del Pacífico, decidieron perderse por el casco antiguo de Morelia, antigua Valladolid. Tocaron madera y tierra para la ascensión a las cataratas del Chiflón, aguantaron allí, otra vez, la lluvia para que de nuevo nuestros sentidos percibieran el coraje y la fuerza de la naturaleza.

Lo que tocamos al viajar son opiniones, tradiciones, culturas, son formas de actuar, comportamientos, tratamientos, es biodiversidad, es historia, es humanidad. Al lanzarnos a la aventura existen muchos mas pros que contras, debemos dejar atrás la comodidad de nuestros hogares, los sentimientos de miedo.

Nos bañamos en las profundidades de la tierra, en un agua clara, limpia salida de manantiales. Un agujero que mira al cielo da luz natural a esa formación. Se llama cenote, parece ser que en una época prehistórica cayeron aquí meteoritos rompiendo la superficie de la tierra y descubriendo la belleza del interior de nuestro mundo, esta barbaridad natural es impredecible en sus corrientes internas, cientos de canales hacen que los cenotes estén comunicados entre si. Bañarse da una sensación de bienestar por horas y lo deseas para siempre.

Todo visto, volvemos. Últimos cuatro días relajados en un hotel de infarto en Tulum. Agua de mar, de alberca y de manantial tocaron nuestros pies. No solo ellas nos los tocaron, mosquitos asesinos nos masacraron entrando en las ciénagas. El agua del manantial del inframundo es fresca, cristalina y pura, la sensación de bienestar y de calma es inigualable. Es el inframundo porque es el paso o la puerta a la que los Mayas se referían para entrar en la tierra madre. Si te pones las gafas de buceo y fumas un poco de hierba igual te lo crees.



Personajes.


Profesor de Mérida, de nombre Francisco. Sentados en la plaza de armas nos pidió un cigarro hablando en inglés. Le dijimos que éramos españoles y nos dio un abrazo. Es alto de unos cincuenta años, un buen frontal, moreno de piel y rellenito. A él no le pican los mosquitos porque es homosexual.

Nos introduce a la política mexicana, nos habla de sus aventuras en el D.F en pos de la lucha por las pasadas elecciones corruptas e ilegales, dos meses de manifestaciones en la plaza central dieron como resultado el doble recuento de los votos.
“lanzarnos una balsa” – gritaba Francisco.
No dormían ni comían, solo los alimentos que le ofrecía la gente le daba energía para seguir peleándose contra Bush, él quiso que ganara Calderón. México está controlado por los gringos. Estas afirmaciones las explicaba con hechos no solo con palabras.

El tipo no sabía escuchar, solo hablaba él y alguna vez Elena para pedirle explicaciones. Sentado con nosotros pero inquieto hacía oscilar el banco.
“me das otro cigarrito” - pedía Francisco.
Habló de los vientos elíseos, de las playas de arena blanca y del mar verdoso del Yucatán, de los cenotes abiertos en la tierra. También de Cancún y el frente abierto que tiene el gobierno contra los “narcos”.
“si escuchas disparos, mejor agáchate y repta”
De su familia, de el porqué no le queda pensión. Fue una agradable platica, un hombre extraño pero con México en el corazón.


El militar acalorado. Nos paró en la carretera un hombre grande, con cara redonda y chorretones de sudor, la carga de los aparejos y la metralleta casi no le dejaba hablar, el sol abrasador consumía su energía. Abrimos ventana y el chorro de aire frío el abrió la bocaza para pedir explicaciones. La pronunciación fue tan rápida que no le entendimos, casi no despegaba los labios y su voz era muy grabe. Nos dejó ir, pero las risas tontas se engancharon a nuestro estómagos.


Nelson. Trabaja el turno de noche de un hotel pero la charla nos la dio en el desayuno. Es Uruguayo con bastantes años viviendo aquí y comprende perfectamente la situación de desesperación que atraviesa el país, la mala postura que toman los gobiernos de turno hacia los indígenas. Nos explica el proyecto del los estadounidenses con México, lo tienen como otro estado mas, están totalmente controlados y los elegidos por Bush son los que ahora gobiernan el país.
Los negocios solo funcional del modo piramidal y con una característica común: el jefe o licenciado es blanquito-criollo, los que están en medio son criollos-indígenas pero con un buen aspecto físico y los de abajo en el mejor de los casos son indígenas pero de piel tersa y poco oscura. El racismo se extiende descaradamente y no hay forma en este momento de que cambie.


Gringos en Cancún. Este estudio humano de lo descabellado, horroroso y ajeno a la persona pero cercano al animal lo manejamos en la zona hotelera de Cancún. Nosotros experimentamos esa sensación y observamos de primera mano el caos mental que sufre la primera potencia mundial. El “all inclusive” les hace volver a los orígenes del hombre, no digo al homo-sapiens, me refiero al neardental. No tienen ningún tipo de sentimiento de culpa, de vergüenza, de decoro o de educación.
De culpa, por el trato vejatorio que usan con el personal. De vergüenza, por el desposarse enjaulados y a la mirada de extraños riéndose en sus caras, sin valor sentimental. De decoro, por el despelote en una piscina pública, carnes, chichas y pelos púbicos buceando, ni uno de todos ellos fue capaz de salir a mear fuera del agua. Y de educación al balbucear mil y una palabras groseras.

Nos dicen, los que realmente se merecen ganar el dineral que esta mierda de turismo produce que hace 35 años este lugar era inhóspito, todo selva, solo había serpientes y lagartos, y pensándolo bien se ha transformado en un lugar de gusanos, cerdos y muñecas de gominola.

Arjona estaba en lo cierto en su tema “si el norte fuera el sur”, pero se equivoca en algo, el sur ya es el norte, al menos en este punto de miseria del hombre moderno.



Cuentos.


La mujer cucaracha.

Vivía en la orilla del mar, los atardeceres los pasaba mirando el romper verdoso de las olas, su color esperanza. Regentaba un hotel decadente hoy pero vibrante en el pasado. Sentada en la silla de madera aguardaba el paso de algún turista. Sus ojos eran especiales, se ennegrecían, en las bolsas se le acumulaban huevas infectadas provenientes de la arena fina de la playa, el viento al soplar las transportaba a sus ojos y estos las acumulaban, no podía cerrar los párpados y los microbios se le enganchaban, así poco a poco sus bolsas se hacían mas grandes.

Los doctores intentaron convencerla, pero la gorda mujer cucaracha sabía desde muy pequeña como deshacerse de los insectos mas grandes para dejar hueco a los próximos. Su método era apretar en la bolsa con el dedo meñique y despacito el bicho se deslizaba por el globo ocular hasta caer.
Al principio los mataba, después intentó conservarlos metiéndolos en cajas, pero morían. Eran sus únicos compañeros, nadie se acercaba a ella, se sentía sola y averiguó su destino, cuidarlos.

El hotel se llenó de cucarachas y cada vez eran menos los turistas que dormían allí. Al cumplir los cincuenta años una pariente suyo interesada en heredar el hotel a su muerte la invitó a pasar unos días en Chiapa de Corzo, para hacer el recorrido en lancha por el Cañón del Sumidero, solo había salido del pueblo para hacerse pruebas en sus ojos y decidió que iría.

Montaron en la lancha con Pancho, capitán experto, y más turistas. Les mostró en una mañana de niebla baja el ecosistema del Parque Nacional, observó clases de aves nunca vistas, vegetación extraordinaria y lo que mas la impresionó fue el cocodrilo. Al parecer se quedó petrificada, conmovida y apesadumbrada la mismo tiempo, el criar insectos le gustaba pero la idea de tener un cocodrilo para ella, poder ser su madre la corrió por la venas y la llegó al corazón.

No aguantaba a las personas, las odiaba por no comprenderla, ella tenía un don y en el mismo momento que su prima la oprimía con palabras se tiró de la lancha. Pancho frenó, todos miraron al agua pero solo flotaban pedazos de madera podrida, desapareció cerca de la orilla, en una pared de piedra.

La búsqueda del cuerpo, con tan poca visibilidad por la niebla, era difícil. El tiempo mejoró tres días después, y muy temprano al cuarto día los servicios de emergencia siguieron drenando el río. Pancho dirigía la expedición comenzando siempre en el punto dónde la vio desaparecer. Ese día la visibilidad era perfecta y llegando al lugar, anclada en la pared de piedra una majestuosa catarata de cien metros resbalaba hacia la superficie del río. El perfil del musgo creado de la nada formaba un cuerpo gordo y desde debajo de lo que parecían dos ojos el agua manaba, para que antes de encontrar su fin se transformase en millares de mariposas.


La niña de rojo.

Nos perdimos, nos encontramos.
La niña en su bici vieja, a cada media pedalada el otro pie al suelo, el terreno no la deja continuar, está embarrado. Lleva zapatos negros, es delgada y viste un vestido rojo con encajes blancos en las hombreras, pudo ser de su bisabuela. La vemos de espaldas atravesando un maizal listo para su recolección. Sigue intentando avanzar. Los pavos gordos pisotean la tierra alrededor de la casa de madera destartalada. La niña no gira la cabeza al escuchar el motor, el pelo se mece con la brisa. Adiós niña.

23 jun 2009

Hacer "el Palermo"

Pasea esquivando, no mires hacia atrás. Intenta que ese sentido tan ocupado en tu viaje se dirija hacia delante, busca posibles obstáculos, no te dará tiempo a otra cosa. Los coches, las motocicletas, los autobuses son autosuficientes, no los conducen personas, parecen guiados por un ser que juega con los humanos, un extraterrestre que se divierte como un niño y sus juguetes en las baldosas de su casa.
El inhumano aparca para joder el paso a los peatones, las aceras las convierte en áreas de servicio, sus manos invisibles actúan para menearnos a su antojo.
Quéjate y desespérate, insulta y desgallínate, no servirá de nada. Es increíble que el estrés no exista, han superado esa barrera que limita la capacidad de nuestro cerebro, para ellos es normal, las cosas son así.

El día pasa, has visto muertos vivos, sus vísceras, sus órganos, su sangre derramada dos siglos atrás crea una baba inmunda que recorre todas las calles; los excrementos de animales y de personas no se mueven, no se limpian, no se recogen. Así los muertos se divierten, practican a sus anchas el “acampismo” y con un poco de viento renacen para subir al cielo, pero a los dos segundos se desploman y vuelven a morir, desesperados, para nunca descansar en paz.
Quieren dejar de servir al turista, dejar de ser fotografiados.

Además del horrible tráfico, de la macabra experiencia de ver cientos de cadáveres y de la poca ética de las personas, encuentras un centro histórico descompuesto, alicaído y manteniéndose gracias a su historia abrumadora de civilizaciones. No hay culpa en la destrucción pues esta viene de la mano de catástrofes naturales: la tierra tiembla bajo Palermo creando una perspectiva incierta. El vivir día a día que todos intentamos para ellos se convierte en tradición inculcada desde el nacimiento. Los habitantes de Palermo están defraudados y sin ánimos, no esperan que pueda haber un cambio en el gobierno ni de mentalidad, la burocracia se mete en todo.

Los viajeros al entrar a Palermo notarán el caos y se convertirán en caos, esto no es malo, al contarario, es muy divertido hacer “el palermo”.

7 may 2009

Crítica a Xi´an

Xi´an

Ciudad enorme, abarrotada, tenebrosa por sus humos salidos del subsuelo. La niebla aparece y desaparece sin monotonía. Avenidas enormes cruzan la ciudad apartando los antiguos barrios, disgregándolos. Mazacotes de cemento abren sus puertas al comercio puro y duro. Fotos de chicas y chicos orientales europeizados atraen al comprador abrumado.

Lo “fashion”, el movimiento, la velocidad, las sombras, el bullicio, el ruido, los neones… han contribuido a la desaparición de la cultura antigua, esa cultura que tanto atrae al viajero. La arquitectura, la caligrafía, la música, la filosofía, han sido reemplazadas por el capitalismo poderoso, el personaje con bienes mercadea corriendo para no dejarte pensar ni opinar.

La campana de la Torre, del mismo nombre, debió sonar con mucha fuerza y estremecer a los altos mandos para dejarla intacta, está acorralada en una plaza, los automóviles son sus rejas y el asfalto es la lava del joven volcán del liberalismo. La Torre de la Campana perdura con el mismo esfuerzo que su muralla, casi original.

La nebulosa del ambiente hace de Xi´an una ciudad malhumorada, sin ningún gusto y repugnante. El ambiente transforma a la gente, los hace lejanos, fríos y muy diferentes a los de otras ciudades y pueblos de China que llegué a conocer, son más oscuros, la mirada es sucia y perversa.

La noche está diseñada para el burgués, locales de encuentro con teléfonos en las mesas para comunicarte con tus futuras conquistas, discotecas espectaculares con varias salas temáticas: área de masajes, zona vip con sillones, barra, televisión e hilo musical.

Al final, una seductora sorpresa, andas y encuentras. Existe un espacio de tranquilidad y arte en esta horrible ciudad. Agotado del tráfico y el ruido, busqué un lugar para tomar un refrigerio y “zas”, un mercado de arte; calles repletas de pinturas, esculturas e instrumentos musicales. Un barrio clásico con arquitectura popular para dejarte llevar.

Gracias por tus soldados Xi´an y por nada mas.


Ángel Hurtado

28 ene 2009

Crítica a Lisboa

Lisboa, ¿Dónde está el rock?

Una ciudad cosmopolita dicen, será por su incipiente inmigración, está desarrollando una increíble capacidad para intentar y no conseguir. Los dos inmensos puentes que la unen con la otra orilla abren el horizonte de esperanza. Ellos, los lisboetas, están llenos de amargura, resignación, ellas no existen, estarán al resguardo de sus amados, en casa sin asomarse a ver lo que sus hombres hacen, es un error por que las mujeres son su futuro.

Es grande, no sabes cuando acaba y empieza el pueblo siguiente, está masificada de carreteras, de basura, de obras y escombros. Hizo ser genial, su pasado seguro era más honesto que su presente. Las formas son correctas, educadas al viajero, no te arrepientes de pedir nada, todo está bueno, sabroso, quizá a veces mejor que en tu propia guarida.

No es caro, ni barato. No es oscuro, ni claro. No es fácil, ni difícil. No es caótico, ni ordenado. No es nada, ni tampoco lo es todo. Es una ciudad mas, sin impresión, sin una guía o pauta a seguir, puede que no sea suficientemente objetivo pero lo vi como viajero erguido, atrevido y observador narcotizado.

En Lisboa no existe el rock, fallo garrafal para el disfrute, la música es melosa con ritmo conservador, los movimientos corporales no acontecen, son pasos de milicia comparados con el ánimo, la serenidad, la identidad y la pureza del rock. Buscamos sin parar buena música, y encontramos buenos locales, buenos barrios, buenos bares pero nunca un ritmo de fiesta.

Los detalles hacen que valores lo que resalta ese detalle. El que te sirvan la cerveza en vaso de plástico jode a la cerveza en si, jode el bar donde te la tomas y distorsiona la pobre sonrisa del barman. Las carreteras son buenas pero el que no esté bien señalizadas las estropea por completo. Esos detalles son los que indican el camino a seguir para salvarse de las opiniones de gente mala, como yo, un viajero no arrepentido del viaje por la compañía y por la atracción al conocimiento de cualquier tipo.

El consejo es hacer o crear o importar rock para toda la población.

7 ene 2009

Viaje a Madagascar

Viaje a Madagascar.

La primera página del periódico L´Express de Madagascar, hace referencia a un cantante, Raphael, no creo que sea el que todos conocemos, en la foto parece mas joven. Todos los turistas franceses del avión destino Morondava han elegido este periódico para volar con Air Madagascar.
Es un avión extraño, muy pequeño, con las hélices a la vista, no creo que para ser azafata en esta compañía sea estrictamente necesaria una altura mínima.

Desde aquí arriba el paisaje parece seco, estamos moviéndonos dirección oeste desde Antananarivo, la capital de la república que debe su nombre a los 10.000 guerreros de la Reina. Las diez horas que dura el vuelo desde París se hacen largas y más si pierdes la correspondencia del vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle, dejan poco tiempo para cambiar de avión y te joden un día de tus vacaciones.

Ahora me asomo y veo un río marrón, es ancho, el río separa la arena, parece que el cauce ha disminuido y se ve el fondo de las orillas, las lluvias aún no han llegado.

Son muchos trámites para pasar una simple cinta, no muchos, mucha cola y espera. Primero una cabineta de cristal con tres señores dentro a los que donas 65€ por persona y te ponen en el pasaporte un sello con la fecha. Después, en el mismo hall, mas cabinetas, estas con tres policías haciendo trabajo en cadena, el primero te mira fijamente y abre el pasaporte comparando tu cara con la foto, termina la observación y se lo pasa al siguiente, este diminuto con gorra blanca coge el pasaporte y la hoja de inmigración que rellenas en el avión y sin levantar la cabeza para nada te lo devuelve para que completes las líneas que te faltan, se lo das y el se lo entrega al del sello, el último ya fuera de la cabineta lo firma sin decirte ni “mu” y estás dentro, por fin has pasado la cinta.


Antananarivo

Era de noche, compartimos taxi a 50.000 ariarys con un chico suizo, Davide, de la parte italiana, fuimos al hotel que había reservado, carísimo, 50€ la habitación doble, encima de aspecto viejuno, triste y sucio. Me dio la sensación que el hotel tenía un parecido muy razonable a la ciudad de noche. Durante el día Tana, como la llaman los malgaches, cambia, sigue siendo fea, caótica, desorganizada, abrumadora, etc. Pero los habitantes saben, sin darse cuenta, dar un sentido y una ilusión a ese mundo de caos. Continuamente venden y comprar, es un mercado gigantesco en todas las calles alguien vende, hay trapicheos continuos y a la hora de que un turista se acerque mas.

Desayunamos compartido y comenzamos nuestra ruta por la ciudad, el lago dónde llegan las aguas negras y grises de las casas, después un hospital que a nuestro parecer no estaba nada mal, diría que bastante decente, atravesamos el mercado de las flores y sin querer nos adentramos en los suburbios con la compañía de dos vendedoras de vainilla, nos avisaban de los carteristas, según avanzábamos la gente sin nada que hacer nos seguía, teníamos un “petit comité” a nuestras espaldas y siendo el primer día era demasiado, paramos e un taxi porque la gente prácticamente nos echaban a la carretera.
Me sorprendió que las casas en los suburbios estuvieran terminadas, revocadas y pintadas, eso si las aceras se componen de tierra y basura. Casi todos van descalzos, sus pies tiene una suela natural mas gorda que las de las zapatillas J´jhaiver.
El taxi nos llevó hasta la estación de taxi-brouss, Davide necesitaba el billete para seguir su ruta hacia el sur y le acompañamos. El coche entró y en dos segundos al menos 8 personas revoloteaban a nuestro alrededor, dando golpes en el techo y metiendo sus mano para abrir el taxi, querían que compráramos el billete en su agencia. El chofer se descojonaba, no sabía donde ir, hasta que, creo suponer que uno le dijo te doy el 5% o el 10% y allí fue.

Para comer y cenar nuestra elección fue el cebú bien asado, es un animal muy común en la isla, ha ayudado a los agricultores desde siempre y se come en fiestas e invitaciones, la carne es buena y sabrosa aunque depende dónde lo cocinen. Cenamos en un señor restaurante, con decoración de la Francia romántica, te sentías como los colonos, el negro sirviéndote y tú hablando de negocios fraudulentos para desengranar más aún el país. La realidad fue que nos relamimos hasta que pagamos.

En Tana fuimos a visitar el Palacio de la Reina y el museo de historia, es el único turismo cultural que pudimos hacer en todo nuestro viaje, nos acompañó por su tozudez un guía local, hablaba inglés, italiano, francés y malgache. Él fue quién nos dirigió y nos contó el movimiento de reyes y emperadores con poder. Es interesante saber que los malgaches practican la circunscripción, por eso en la puerta principal del palacio hay un monumento al falo o pene. A los niños les cortan el cachito de carne para convertirse en hombres, para que el niño sea aceptado en la familia, después del corte, el abuelo debe comerse esa piel del niño cruda, si no lo hiciera el niño no pertenecería a la familia.
Otra de las historias del guía fue un fady, palabra o acción prohibida, no se puede señalar las tumbas con el dedo, ellos siempre señalan encogiendo el dedo índice.


Morondava

Es un pueblo, tiene poca cosa, un mercado de textiles y comida, algunos bares, iglesia, mezquita, lo normal en un pueblo, aunque no es tan normal que tenga una playa pasmosa, larga y ancha. El agua del mar esta caliente y las puestas de sol decoloran el paisaje, el agua se enturbia, a las olas las convierte en moradas, la arena mojada caprichosamente por las olas crea el espejismo de un sol blanco, dorado, naranja y perfecto. También en este pueblo es exclusiva la gente, los habitantes son tranquilos y pacíficos, rápido te conoces y los conoces. Los hombres, educados y trabajadores, las mujeres, guapas con sus enormes peces espadas acoplados en la cabeza, es de adular el equilibrio natural de las señoras y niñas. Los niños son mágicos, ojos grandes, sonrisa inocente, muchos te saludan y se te quedan mirando perplejo. Lo mejor fue verles en sus comunidades, dentro de la escuela. Te puedes alejar de las rutas convencionales, alquilas una moto. Nosotros lo hicimos, confundidos de dirección y por dos veces nos topamos con escuelas, la primera paramos la moto para ver dónde estábamos, preguntar y en dos segundos se formó a nuestro alrededor una avalancha de niños, pararon a 50 centímetros y ahí parados esperando a que dijéramos, escuchado, con los ojos como platos. La segunda la maestra nos invitó a pasar a una casucha, a la escuela, vimos pizarras en cada pared, pupitres y algún cuaderno. Compartían clase niños de hasta seis años, todos en 10 metros cuadrados, cada grupo miraba a una de las pizarras.

El alquiler de la moto fueron 40.000 ariarys, medio día, fue lo que decidimos, una de trial de 125 cc, baches, agujeros, arena, más baches, camiones, polvo y coches. Casi nos perdemos el atardecer en la avenida de los baobabs, el camino es arenoso, bunquers de arena deslizan hacia los lados la rueda delantera de la motocicleta, intentas mantener el equilibrio y te sale una carcajada. Lo pasamos muy bien perdiéndonos y mas tarde encontrando los árboles extraños, baobabs. Cuenta la leyenda que fue el primer árbol creado por Dios, se supo tan superior que se llenó de orgullo, Dios al darse cuenta le castigó agarrándole del tronco y dándole la vuelta, por eso ahora parece que su copa son las raíces.

Nos gustaron tanto que al día siguiente volvimos pero sin cometer el error de volver de noche porque los alrededores están llenos de aguas pantanosas y millones de mosquitos e insectos comienzan su vida al anochecer, tu cuerpo forma el parapeto perfecto para desviar su camino. No nos pico ni uno pero los golpes hacían daño, fue una putada complementada con la poca visibilidad, el cansancio, los baches, el polvo y el humo de los camiones.

Pasamos por la oficina de Air Madagascar y los vuelos estaban completos hasta el 18 de octubre, era día 9. Salen muy pocos aviones hacia Tulear, solo martes y jueves, el plan de viaje había cambiado, ni siquiera podíamos volver a Tana, todo completo. Después de preguntar en muchos lugares y a personas decidimos el taxibrousse, era la única forma de no pasar todo nuestro viaje en Morondova. 70.000 ariarys y un día y medio de viaje, sin paradas a dormir ni ostias. Esa tarde la pasamos metiéndonos en la cabeza y preparándonos para la aventura, cenamos muy bien como todas las noches, buen pescado mezclado con estupendo marisco y a la cama. Se dice pronto un día y medio, 34 horas en un minibús es mucho, demasiado para dos fisonomías occidentales acostumbrados a dejar nuestras posaderas a buen recaudo, respetando siempre el espacio vital. Las piernas se juntan durante tanto tiempo que tu piel suda y la suya, el sudor filtra en la ropa y mezcla las dos culturas, ¿Qué se dirán? Al final se hacen amigos, los sudores, y el cuerpo quiere probar más. Durante la noche dormimos, la chica de mi vera con la que compartía el sudor, se recostó en mi hombro.
Solo somos cuatro hombres en el taxibrousse, catorce mujeres con Elena, una de ellas con bebé y la abuela con su nieta, la nieta de unos cinco años sin rechistar en todo el camino y eso que solo paramos dos veces para orinar. Tanto tiempo sentado, los músculos del culo y los glúteos se apartan para dejar pasar al hueso y así durante cuatro horas te torturan, es una molestia desoladora y justo en ese momento perverso pasa el cartel de un pueblo al que no debíamos de ir, cagada, el taxibrousse decidía que para llegar a Tullera, al suroeste debíamos coger la ruta norte que después de 300 km. Bajaría hacia el sur. El camino corto parece ser inaccesible aunque la carretera por la que viajábamos tampoco era una autopista, tiempo de arena, de desvíos por obras, de baches…

El sol apuntaba a desaparecer y el paisaje oscurecía la tierra seca y baldía. Atravesamos puentes, pueblos como Moramby, desiertos de arena rojiza repleto de montículos que sorprendían en las laderas, cientos de ellos como granos en la cara de un quinceañero, pensamos en hormigueros pero mas adelante nos dijeron que los construían las termitas.
Paramos dos veces a comer, en Ankilafato todos los habitantes nos miraban y observaban nuestros movimientos, deben ser muy pocos los viajeros que se atreven a montarse en el taxibrousse, y lo entiendo es una faena, no es consumible para cualquiera. Además la media de años de los turistas que viajan a Madagascar es de 55, sería complicado para ellos aunque a veces nos sorprendían.

Con la ruta cambiada decimos acortar de 36 horas a 21 horas nuestro viaje, en lugar de ir hasta Tullera paramos en la segunda ciudad mas grande del país, Fianarantsoa.


Fianaransoa

Llegada a las cinco de la mañana y en la ciudad sin vida, algunos taxis, cogimos uno en busca de un hotel, hacía mucho frío y lo llevábamos sufriendo y hacía dos horas, intentando dormir, la cabeza daba campanazos, el sueño nos hacía tener pesadillas, pero llegamos.
Al cuarto intento encontramos una casa de huéspedes, los hoteles estaban completos, en el Raza-otel nos dieron la bienvenida en pijama con el primer clareo de la mañana, “Sentaos aquí, ahora os damos la habitación.”. Es una casa familiar con solo cuatro habitaciones, el baño es compartido. Es barato. La casa es de dimensiones grandes con techos altos y decorada minuciosamente, el toque es de estilo francés clásico pero su alma se siente malgache. Hemos averiguado por su lentitud al servir y al responder que no saben prácticamente nada de francés, pero son muy simpáticos.
La habitación no estaba lista debían de abandonarla los turista que estaban durmiendo, a eso de la 7:30 a.m., eran las 6:00 a.m. Los dos sofás del salón-bar-comedor dejaron descansar a nuestros cuerpos. Desayunamos y entramos directos a dormir.
Era domingo día de descanso, poca gente en la calle, nos relajamos, entramos en el lugar de apuestas, ruleta y peleas de gallos, después a la iglesia (concurso de canción incluido) y para terminar a ver los partidos de fútbol y voleibol, ¡vaya! un domingo cualquiera pero en Madagascar.

Si vas a tu aire mucho mejor, los viajes o tours programados fallan siempre pero la experiencia del día anterior con el taxi-brousse nos hizo tomar la decisión de dejarnos guiar. El tal Eric por 100 euros cada uno nos llevaba al P.N de Ranomanafana, incluyendo las comidas, el hotel, el guía, el taxi, el guía y la entrada del Parque, todo menos las bebidas y “una mierda”, el hijo de puta no había reservado hotel, el taxista medía los kilómetros y no hizo uno mas para no gastar gasolina, tuvimos que andar para buscar un hotel en relación con el precio que pagamos, porque nos querían meter en una casa familiar. El taxi en si era como el dueño deshonesto, maloliente y arcaico, no arrancaba, había que empujarle continuamente, el olor a gasolinera se adentraba en tus órganos y ropas, mareaba hasta hacernos vomitar. Nuestro guía que fue quién se comió el marrón intentó dar la cara, primero dándonos la razón, segundo sintiéndose engañado como nosotros y tercero pagándonos la cena a lo grande para compensar un poco la tomadura de pelo. Al final dormimos en tienda de campaña, muy romántico aunque nos dejó helados la cucaracha roja que me encontré en mi pelo por casualidad, que puto susto.
La visita al parque fue provechosa y muy interesante, caminata de seis horas entre vegetación única, insectos, aves y seis tipos de lemures, todo esto con muy buenas explicaciones de Teo un gran guía y su inseparable “buscalemur”, un chico encargado de avistar a los lemures y guiarnos hasta ellos con silbidos.



Historia

Empieza en la estación de tren de Fianaransoa, lo que es la edificación de la estación no tiene ninguna similitud al resto de Madagascar, es mas parecida a las viviendas del interior de Alemania, es antigua y con aires nórdicos.
Su reloj indica las 6:45 de la mañana. Una pareja chico y chica llegan recién levantados. El tren espera en la estación a los últimos pasajeros, se dirige a Manakara al este de la isla. Es un tren arcaico, color verdoso, de hierro forjado. En su interior se mezcla el hierro con la madera, esta tiene tres o cuatro manos de pintura, pero la última la dieron hace tanto tiempo que es posible ver sus capas. Los asientos dobles recostados sobre otros sirven de apoyo a las barras de metal usadas como maleteros.
El tren tarda en salir, el chico y la chica apuran los cigarrillos observando como sale el humo de la locomotora, que será la atrevida en cruzar las montañas y bajar por los valles de Ranomanafana. Cuatro vagones, con su continuo traqueteo ensordecedor, empujados por la valentona máquina serán capaces de recorrer 120 Km.
El billete, comprado de antemano a 25.000 ariarys por persona, te lo piden a la entrada y más adelante el revisor. Los chicos esta vez no dan el cante, todos los viajeros son occidentales, franceses en su mayoría.

El tren silba la salida con 10 minutos de retraso, todos sentados, primero comprobando la estabilidad, luego escudriñando a sus allegados hablando y compartiendo experiencias, mas tarde fijándote en el exterior. Las ventanas algunas bajadas otras subidas dejan ver el ambiente de fiesta que se forma al pasar el tren, desde fuera todos saludan y ríen, parece ser algo especial. Los arrozales desbordan los valles y los mismos cuerpos agachados para recoger el arroz se ponen erguidos deslizando su cuello y levantando la mano al ver pasar el convoy.
Después de una hora y media solo la vía asalvajada del tren sirve de comunicación entre los pueblos del interior.

Los pobladores de la zona se apartan para dejar pasar el tren, los túneles escuchan una vez al día el sonido de los raíles. Al inicio notan frío, los chicos se levantan para tener una perspectiva diferente, se acercan esquivando piernas hasta el final del vagón, en el espacio entre las escaleras de entrada y la puerta que accede al interior del vagón. El viento sopla con fuerza, las oscilaciones hacen que te agarres con fuerza en las paredes laterales. Hacen fotos de las plantaciones de té, del pequeño pueblo de Sahambaby, ayer pasaron por allí, les mostraron los pasos en la elaboración del té, el secado de la hoja, la variación de calidad…

Las paradas se repetían con mas prontitud que la anterior, en cada estación la espera era mas larga, cambios de vagones para aprovisionar al pueblo, la compra y la venta de comidas tradicionales entre los habitantes y los viajeros era constante. Las aldeas están superpobladas, para el tren y un centenar de niños aparecen para pedir cualquier cosa, venden frutas, collares empanadillas de carne y cebolla…

La condición de los niños es buena, no parecen tener hambre ni padecer enfermedades pero están llenos de mierda, sus ropas multi-usadas son harapos sucios y correosos. Las madres acoplan a sus bebes a la espalda y en cuanto lloran le plantan la teta como si fuera el chupete para callarles. Parece que aquí a los niños no les gustan los mocos les resbalan hasta el labio superior y se secan. Saludan mucho, continuamente se ríen posiblemente de los caretos de los guiris deseosos de llegar al destino, y los guiris piensan “ya hemos hecho suficientes fotos a los monitos sucios y hambrientos. Las podemos enseñar en Francia para que nuestros amigos vean dónde hemos estado y poder hablar de lo mal que están por culpa de la expoliación y explotación de los franceses e ingleses. (Anda que fuimos nosotros)”

El tren sigue parando y silbando, el traqueteo y el sofocante calor casi no dejan un respiro para disfrutar. Los dos chicos comparten sus visiones y se precipitan a decirse que la vuelta se hará de otro modo. Un viaje de nueve horas es mas que suficiente, es bueno y memorable. No se han caído del tren pero se demostraron amor mutuo en un momento de incertidumbre para cualquiera. El tren parados, ellos sentados a la sombra, el tren marcha sin avisar, los dos se miran y saltan para llegar corriendo al escalón, el chico y la chica se animan, corren entre raíles, el chico agarra la barra de la entrada y salta para subir, la chica en un sobre esfuerzo le toca la yema de los dedos a el chico y le dice “no puedo”, el tren sigue avanzando, todas las guiri-cabezas salen por las ventanillas dando ánimos, la chica sigue corriendo, el tren se aleja, los dos se miran y el chico salta a las vías para buscarla, abrazándose.


Manakara

Es un pueblo de playa en la desembocadura de un río con el mismo nombre, aquí comienza el largo canal de Pangalanes que remonta muchos kilómetros hacia el norte. El sol calienta una burrada, pero la brisa del mar consigue aguantar la pesadumbre del bochorno. Es un lugar sin tráfico porque no hay coches.
Un hotel milagro y bungalow de ensueño nos convencen para pasar dos noches, además se come bien.
No te puedes bañar en el Océano Índico, hay mucho oleaje, las corrientes son peligrosas y además puedes toparte con algún tiburón hambriento.
Nos alejamos del pueblo andando, nuestra idea es volver haciendo autostop, después de un rato paramos en una sombra, esperamos durante 10 minutos y un 4L nos para, subimos contentos, un malgache conduce y un francés en el asiento de al lado nos comienza a hablar de sus experiencias en la isla. Lleva dos años trabajando aquí, hace los proyectos de las futuras carreteras para las dos petroleras que se reparten el pastel aquí, Shell y Total. También nos da consejos de donde ir, que hacer… Sobre todo nos advierte que la zona dónde nos encontramos es la que tiene mayor concentración de bacterias y amebas del todo el planeta. Nos habla de un insecto que pica en la planta del pie y deja la larva, esta se reproduce después de varios días dentro de la piel y aparece un punto blanco, mas tarde se convierte en negro y comienza el escozor, te arrascas. Lo peor es que a dos centímetros de la piel se reproducen gusanos y ese nido interior se desplaza según te vas arrascando. El remedio en Europa no se conoce, no estamos preparados para esa enfermedad pero allí te hacen un tajo en la planta y con unas pinzas te lo sacan. Es muy habitual padecerlo pero no es tan grabe como otras enfermedades tropicales.

Nos dejan en Irando a 140 Km de nuestro destino y aquí estamos sentados en la sobra de un árbol en la linde de la carretera esperando ansiosamente que pase un coche.

Al fin llegamos a Ambalavao, una furgoneta de franceses cuarentones se apiada de nosotros encontrándonos así esa solidaridad europea que tanto desean nuestros políticos. Con paradas intermitentes para ver las plantas del café atravesamos el paisaje selvático y llegamos a Ranomanafana, comimos en el mismo hotel dónde dormimos y seguimos con el son del día, hacer autostop. Ahora nos subimos a una vannette con demasiada gente, negociamos el precio y los asientos de adelante. Paramos repetidas veces pero llegamos anocheciendo a Fianaransoa, solo nos faltaba otro empujón y cumpliríamos con nuestra proposición. Fue un taxi mal pagado el que nos acerco los 50 Km.


Ambalavao

Es un pueblo pequeño, los miércoles montan un mercado impresionante, pero hoy es domingo y aquí los días del señor no pasa nada. Nos hemos atrevido a pasar unas horas después del aguacero en la reserva Anja, precioso paseo entre lianas y rocas enormes, acompañados de lemures de cola anillada y camaleones. Por la mañana intentamos ir en autostop pero nos fue imposible, llegamos con una pareja de franceses y su 4x4 hasta su hotel en construcción, a cinco Km. del destino pero sus consejos hipócritas nos llevaron a intentar acortar por la sabana. El camino abrasador por la sabana africana a 40ºC nos desconcertó sobre todo cuando tuvimos que dar la vuelta, horrible la desolación y la fatiga que te comprime sin saber la dirección, andando sin sentido. Las pocas casas y poblados que pasábamos estaban repletas de chavales anonadados por nuestro extraño color, daban miedo sus miradas escrutadoras. Pertenecen a la tribu de los Betsileos, conquistados tiempo atrás por los Merinos que eran los lacayos de los franceses en la época de la conquista. Una de las características de esta tribu betsilea es que cultivan el arroz 3 veces al año en lugar de dos, además tienen creencias sobrenaturales, la “hasina” es una fuerza que proviene de la tierra y se trasmite a los vivos a través de los ancestros.

Volvimos a Ambalavao decididos a pasar la noche en el hotel Bugambilles, muy bueno pero caro. Lo peor fue darnos cuenta de que al día siguiente debíamos volver hasta Fianaransoa para sacar dinero, no teníamos suficiente y el cajero más próximo está allí.
Esa noche tuvimos una velada correcta y animada con los mismos franceses que nos salvaron, gracias otra vez si lo leéis.

Desayunamos sobre las 9:30 y directos al taxi-brousse que nos conduciría de regreso a Fianaransoa para poder sacar dinero, tardamos dos horas al menos en ir y la vuelta otra vez en el taxi-brousse esperando a que se llenase. Dos horas haciendo tiempo para que las 3 plazas libres se ocupasen por alguien, como no pasó las compramos nosotros. Fletamos e invertimos en el buseto, todos los pasajeros que entrasen después nos debían pagar a nosotros, menos el primero comprado por el conductor, ahí estuvo el fallo, el tío no paro de buscar gente en cada pueblo para no perder su dinero y volvimos a perder el tiempo inútilmente. Al final encontró a una mujer y conseguimos seguir la ruta.

Es de ver para creer como cambia el paisaje, un desierto árido nos aguarda, anocheciendo vemos el sol rojizo, medio apagado, el viento arrastra consigo las ramas de los pocos árboles dispersos, los rastrojos forman parte de la tierra.
En los asientos de delante, en le taxi-brousse al lado del conductor enfermo, su tos chirrosa, espeluznante, igual que el chillido de los guarros al matarles. Estos asientos son los mejores a la hora de viajar contemplas todo cómodamente y relajado, el final del día al comienzo de la noche fría.

La carretera lisa y recta atraviesa el solar, de repente un humo intenso arrastrado por el viento se mete en la furgo, intentas vislumbrar el foco del incendio y te das cuenta de que no es uno si no varios los pirómanos. Las llamas se comen los rastrojos y avanzan rápidamente por la llanura, los fuegos los provocan los pastores de cebús durante las noches para dar de comer a sus animales, los brotes verdosos de plantas son su alimento perfecto, se deshacen de la hojarasca seca.
En este país las preguntas se contestan horas o días después, la del ¿porqué de los incendios? la contestó nuestro guía de Ranohira al día siguiente.


Ranohira

Es el pueblo mas cercano al P.N de Isalo, con diferencia el mas espectacular de los visitados. En pleno desierto un macizo de rocas porosas formadas hace millones de años sobresalen como un muro hasta alcanzar los 1450m de altura. Ese macizo forma el P.N de Isalo , llamado así por una planta endémica llamada Isalo. En ese muro las tribus baras entierran a sus muertos, les meten dentro de la roca, para después de cinco años desenterrarles y volverles a enterrar en lo más alto de la montaña junto con su familia.

Llegamos a Ranohira sobre las 19:30, encontramos un hotel rapidamente, en el centro porque el pueblo solo tiene centro. Había muy pocos puntos de luz, solo los que tenían un grupo electrógeno para crearla y las románticas velas. El pueblo entero se sitúa a los dos lados de la carretera.

Seguimos a la chica que nos enseña la habitación, la velas hacen que el lugar sea mas misterioso aún, te asomas a la cocina, atraviesas un patio con árbol enorme en el medio, te fijas en el suelo de arena y te topas con dos escalerillas que suben directamente hasta la puerta de madera de la supuesta habitación. No está mal, nos quedamos por 55.000 Aurays la noche y al final serían dos.
Cenamos y dormimos. Sobre las 9, teníamos todo preparado y listo para largarnos a ver el parque, emocionados compramos algo para comer, alquilamos un chofer y un guía (Alfonso Ramarokoto) totalmente necesario para acceder a Isalo.

Primero visitamos el Cañón de los Monos, el Peugueot 205 se trastabilla por el camino, 45 min. después paramos y comenzamos a patear con un calor incesante. Nos acercábamos a la muralla que delimita el parque, una entrada de pajas crecidas nos marca la ruta y poco a poco arbustos, árboles, nidos de termitas, hojas secas, lianas, y palmeras nos sobrecogen. Entre todo esto vimos una familia de Makis de cola anillada y a unos Sifakas encantadísimos de posar delante de las cámaras, se estiran, abren las piernas, se limpian las patas…
Comienzas a esquivar riachuelos, saltas de una piedra a otra, los sigues hasta la entrada del cañón, el agua se desploma desde las piedras porosas y cae en hilillos hasta un pequeño lago rodeado de vegetación y piedras. Nos dice el Alfonso que en ese mismo agua se duchaban las ratas del cañón de al lado, hasta que una de ellas vio beber a un Maki, fue corriendo a decírselo a las demás y nunca mas volvieron.
No nos adentramos hacia el interior del cañón pero según Alfonso, al final, casi cuando ya no puedes seguir caminando y tienes que nadar y bucear para atravesar las rocas es posible encontrar arenas movedizas.

Regresamos al pueblo con el coche. Una hora y media nos costó hasta nuestra siguiente parada.
Atravesarás el primer valle de Isalo, hasta un pequeño oasis de árboles, descenderá un riachuelo, el sonido del agua te guiará y verás a tus pies una cascada que deposita el agua en una piscina natural. El calor del camino se terminará en cuanto tu cuerpo se meta en le agua cristalina. Te encontrarás dentro de una semi-cueva y las palmeras cubrirán los rayos del sol. Pensarás en tu acompañante real o irreal en este oasis perfecto.


Casi el fin.

Al día siguiente ruta hacia Tulear, con parada en el sucio y destartalado pueblo de Ilakaka dedicado íntegramente al comercio con las piedras preciosas, sus habitantes no paran de entrar en los puestos dónde se compran, les enseñan las piedras a los expertos estos las juzgan y se las devuelven si no tienen valor. Ilakaka es feo y no vale nada pero es curioso el trapicheo. Según los habitantes de Ranohira es el pueblo más peligroso del país. De camino hacia Tutear los controles policiales se multiplican y son mas estrictos, nos pidieron por primera vez los pasaportes.

El taxi-brusse nos dejó en la estación, un taxista nos condujo por una carretera angosta y destrozada a 30 kilómetros de Tulear, a un pueblecito, Mangily.
Ahora llevamos aquí tres día sin hacer nada, comer, dormir, bucear… Un merecido descanso al final del viaje. Un bungalow, unas tumbonas y la marihuana dan placer y un perfecto final.

La playa de arena blanca y fina termina en un mar tranquilo, es así porque a 3 kilómetros mar adentro una pared de coral frena las olas, la furia del mar se aplasta contra esa muralla natural. Es una montaña altísima que casi roza la superficie del mar por un extremo y nace en las profundidades abisales del océano.

Elena aprovecha su último masaje de felicidad, el rostro lo demuestra y la mama malgache dibuja con sus manos experimentadas el final en su espalda.


Fin

10 nov 2008

Reportaje Madagascar

Madagascar al natural

Esperando encontrarte un África de película o de libro, te encuentras con un país que pertenece a África, pero que en realidad no lo es tanto. Es una África “light”, esto no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente a lo que esperas.

Tana, como la llaman los malgaches, es la capital de la república de Madagascar, se encuentra prácticamente en el centro geográfico del país. Es el único lugar en el que puedes hacer un poco de turismo cultural y visitar el palacio de la reina o el museo de historia, están en lo mas alto de una colina y hay siete, siete como los metros bajos tierra a los que deben estar enterrados sus muertos. La ciudad es un sube y baja continuo, los interminables tramos de escaleras hacen resquebrajar tus piernas pero te apetece ver mas y continuas andando, te pierdes por los mercados a buscar algo que merezca la pena, esquivas los muchos automóviles y motocicletas, un caos que parece organizado te absorbe, te desorienta, intentas subir la mirada incrustada en tu espacio vital para ver la arquitectura, no tiene un sentido establecido, la casa que aguanta al paso de los años sigue ahí, habitada, la que no ha podido aguantar también sigue ahí, habitada y reconstruida de un modo ortodoxo.
La vida bulle desde el amanecer hasta el anochecer, la compra y la venta te persigue por todas las esquinas, las aceras son para eso, para el comercio, no para los peatones. Montas en un taxi-brousse y si paras por cualquier motivo te venden, golpean las ventanillas para ofrecerte empanadillas, bananas, dulces, pescado, cangrejos de río…

Madagascar es natural porque el principal recurso turístico del país es la naturaleza, los múltiples parques nacionales, las reservas de lemures (el único lugar del planeta dónde puedes encontrar estos animales tan simpáticos en su hábitat salvaje), los bosques de baobabs (existen nueve clases y ocho de ellas están en Madagascar), las playas salvajes de arena blanca y aguas turquesas, las montañas repletas de bambú en Ranomafana, la muralla de piedras jurásicas de Isalo, la terrorífica fauna como: el camaleón, el bicho palo gigante, las serpientes, el fosa, el cocodrilo, las ranas multicolor, el escarabajo cuello largo, el tejedor, los sifakas y lemures, los gecos, los murciélagos, las tortugas, las ratas gigantes, la vanga, la carraca…

Es cierto que los paisajes son alucinantes y cambian cada 100 kilómetros, del desierto más desolador a los arrozales que desbordan los valles entre montañas, de la playa tropical abrasadora a los ríos furiosos y salvajes.

Las comunicaciones entre los pueblos son horribles, las carreteras, excepto la que baja desde Tana hasta Toliara, al suroeste de la isla, están desastrosas por culpa de los baches, los desvíos y los cortes. Hacer 700 kilómetros cuesta 22 horas y sin parar nada mas que 30 minutos para mear y comer. Todo esto merece la pena porque lo compartes con ellos, con el otro recurso turístico, el humano, la población malgache es extraordinaria, es exclusiva, es pacífica, es abierta. Tardas poco tiempo en conocerte, no tienen maldad en sus venas, viven tranquilos y lo agradecen todo con la sonrisa, caen bien. Los niños se lanzan a ti y hay infinidad, salen de cualquier rincón o arbusto, la magia de sus grandes ojos inocentes te hace vibrar y lo mejor es, que para conseguir esto solo debes acercarte a una escuela o a un poblado, no es necesario nada material.



Lo que no te puedes perder

-Hacer el trayecto en tren desde Fianarantsoa hasta Manakara, atravesando montañas, valles y pueblos dónde solo tiene ese medio de comunicación. Es el único tren de pasajeros en todo el país.

-Visitar el parque Nacional de Isalo. Una muralla natural de roca porosa en medio del desierto delimita el parque Nacional, el cañón de los Makis (lemures de cola anillada) y el de las ratas, también hacer la marcha de hora y media hasta el paraíso, una piscina natural.

-Pasar un domingo en la ciudad de Fianarantsoa y ver el espectáculo que ofrecen las peleas de gallos.

-Alquilar una moto o si no moverse en taxi para llegar hasta la avenida de los Baobabs en Morondava, árboles milenarios con leyenda propia.

-Compartir horas y horas con Malgaches en un taxi-brousse, es una experiencia difícil por la incomodidad de esta clase de transporte pero enriquecedora por la compañía.

-Pasar unos días de relax en algún bungalow de las playas naturales de Manguili o Ifaty. Aquí también puedes pasar las horas buceando y observando el arrecife de coral, pasearte por el bosque de los baobabs o comprar a los pescadores locales pescado fresco y hacerlo a fuego lento debajo de alguna palmera.



Que comer

La comida malgache se basa en el arroz, una familia puede consumir hasta 50 kilos de arroz al mes. El desayuno, la comida y la cena siempre es arroz acompañado de algún pescado frito, pollo o carne de cebú (animal parecido a la vaca pero con una joroba. También lo utilizan para arrastrar los carros y en la agricultura).
Durante las comidas y cenas es normal beber un vaso o dos del agua sobrante de la cocción del arroz y los jugos de frutas (mango, plátano…) se beben en cualquier momento, se sirven en puestos callejeros pero no es aconsejable porque los hacen con agua no tratada.
Está muy extendido el consumo de Ron Malgache, se puede tomar sólo o mezclado con limón, frambuesa, etc.

Para el turista será menos escrupuloso sentarte en los restaurantes de los hoteles y degustar platos como: Chuleta de Cebú, Gambas rebozadas, Brochetas de Mero, camarones, cocodrilo, langosta, carpaccio…


Como ir

No hay vuelos directos hasta Antananarivo desde España, salen desde París casi todos los días de la semana. Las compañías aéreas son: Air France y Air Madagascar esta última tiene menos frecuencia en los vuelos.


Que comprar

Es habitual hacer las compras en la capital, en los mercados se venden los mismos productos que pudieras encontrar en otras ciudades. Bolsos de rafia, monederos, zapatos y carteras hechas de piel de cocodrilo, especias (vainilla, jengibre, canela, paprika, cilantro, pimienta negra, azafrán…), coches, taxi-brusses, motos y aviones de juguete hechos de latas usadas, tallas de madera, telas, etc.


Como desplazarse

Los desplazamientos entre ciudades ha sido lo más complicado en nuestro viaje, es muy aconsejable alquilar una furgoneta o un todo terreno entre varias personas, porque otra opción es moverse en los taxi-brusses y dejaría el planning del viaje en manos divinas, estas mini furgonetas no tienen hora de salida ni de llegada, salen cuando se llenan y llegan si no has tenido ninguna avería.

Si quieres desplazarte en bicicleta se puede pero aconsejo tener una buena preparación, un buen equipo y muchas ganas.

Moverte por las carreteras de Madagascar en moto es una pasada, pero aviso de no viajar por las zonas de costa ni de manglares durante la noche, millones de mosquitos se cruzarán en tu camino.

Muchos turistas vuelan con Air Madagascar entre ciudades del interior, es buena idea si quieres aprovechar el tiempo, pero es caro y se debe reservar la plaza con mucha antelación porque las agencias que realizan los tours copan los vuelos.


Ten cuidado con…

Los malgaches tienen tabúes o fadys que se deben respetar como: no señalar las tumbas con el dedo o comer cerdo en algunas zonas del país.

Los mosquitos son incansables, siempre te acompañan, es aconsejable viajar con una mosquitera, por lo menos con ella las noches se hacen soportables. La zona de Manakara, al este de la isla, es la región con mayor índice de microbios y amebas de todo el mundo. Es peligroso llevar chanclas porque hay un mosquito que te pica y te deja las huevas dentro, es una picadura casi imperceptible, después de varios meses las huevas eclosionan y todo el interior de la planta del pie se convierte en un nido de gusanos.

Carteristas en los mercados centrales de Antananarivo y en los barrios de la periferia.

Estar atento si se sale por la noche en la capital, las calles están plagadas de prostitutas y de proxenetas.








Por Ángel Hurtado Muñoz

14 abr 2008

Galia

Como empezar, lo de siempre, un viaje, una aventura desprovista de insatisfacción, ocho días que ejercitan la mente, nuestro espíritu. Ocho días, seis personas y una Rulot o autocaravana o Barón 7, hacia lo más profundo de La Galia.
El presupuesto no aumentó de lo establecido, 500 euros por barba peluda, sin privarnos de buenas cenas, mariscadas, crepes y gofres.
Mario, Elena, Carlos, Pepi, Vicky y yo. Estos seis adultos con mucha clase fuimos los afortunados en esta tempranera y fría Semana Santa de 2008.
Qué mas da el lugar a donde llegar y qué importa los adulterios políticos de las zonas por las que crucemos, los sin razón se quedan y los ciudadanos del mundo nos largamos para disfrutar del verdadero placer de viajar.

El sábado con mucha parsimonia agarramos la enorme Barón con todos los extras, llenamos de diesel el depósito, de media, 85 euros y de consumo por km. 12,8 litros. Pasamos a 120 Km. por hora Lerma, Burgos, La Rioja, Álava, Guipúzcoa con parada para pintxear en Donosti y por fin paramos en San Juan de Luz en el País Vasco Francés. El aparcamiento perfectamente preparado para autocaravanas, a dormir y descubrir las vicisitudes de la Barón, como encender la calefacción, el gas, la bomba del agua, el transformador, la luz, vaciar las aguas grises, negras, recarga de depósito.
Abrimos cervezas de mala calidad y fumamos algún canuto de buen sabor. Charlamos y descansamos en camas dobles y literas, bastante cómodas.

Por la mañana café en la plaza central acompañados de algunos bailes regionales, descargamos nuestros estómagos por primera vez. Todos hemos sabido durante todo el viaje cuando íbamos a cagar, hemos compartido necesidades intimas e impresiones del paisaje, costumbres, etc.
A las 11:30 de la mañana continuamos la ascensión francesa esta vez por carreteras secundarias, Biarritz, Bayonna y Seignosse, no paramos en ninguno pero comimos entre pinos, hacía aire, pero el sol seguía persiguiéndonos. Montones de troncos de árboles mutilados para comerciar yacían en el suelo, algunas fotos y dentro.

Nuestra furgo estaba dañada, el para golpes trasero se desplomó con el minúsculo golpe de una farola de Donosti. Cayó al suelo y lo arrastramos con un sonido ronco. La fortaleza en la que viajábamos se hizo añicos con un solo golpe, estábamos desprotegidos, era de muy mala calidad. Pensamos en los 600 euros de franquicia ¡¡a la mierda!!, Eso tuvo su punto positivo, la furgo ya te importa un bledo, lo importante era continuar, y lo hicimos gracias a algunas mentes despiertas y las cuerdas de los sacos de dormir, que atadas pudieron sujetar el para golpes.

A partir de este golpe de Pepi, se abrió la veda. A los dos días, Mario, en una de las carreteras secundarias, atravesando un pueblo en obras. Quiso esquivar a un coche mal aparcado, el lateral de La Barón y el coche se restregaron. Los intermitentes del costal saltaron. La señora asustada nos dijo que estaba bien, que nos fuéramos, no importaba, su coche no había sufrido daños y como no la hicimos caso, nos largamos.
La siguiente fue Carlos, mas suave, la furgo es muy alta y él es muy bajito, se confundió de estatura y se unió con las ramas de una hilera de árboles, sin problema.


Dormimos en el puerto de la Rochelle, se notaban más los aires célticos, nos acercábamos a la Bretaña. Celebramos una fiesta irlandesa en Francia, San Patrick y menos mal, por que las calles de los pueblos y las ciudades se desertizan a partir de la 7 de la tarde. Esa noche irlandesa nos bebimos unas copas y algunos charlamos con lugareños después de una divertida velada en el salón o comedor o habitación de la Barón 7.

La N-137 fue nuestra carretera para continuar, acortamos unos kilómetros, paramos en Marans a desayunar, otra vez, y seguimos nuestro camino hacia Vannes descubriendo antes la ciudad de Nantes. Entramos en la fortaleza y rodeamos la leprosa catedral, paseamos y comimos allí, dentro del parking. Pasando Vannes dio comienzo nuestra confusión. Es una ciudad de cuento de hadas, exclusivamente el casco antiguo, las casas tradicionales las forman un entramado de madera, además las pintan de colores fuertes para hacerlas atractivas. No son lineales, sus paredes se tuercen por el peso del tejado y hacen formas oblicuas dando la sensación de caída inminente.

Comienza la confusión, decía, porque al salir de Vannes y dirigirnos hacia Auray y Carnac pasamos un túnel que cambio nuestra posición en el mundo real. Se dio cuenta Mario, que conducía.

“Escuchar, mirar. Nos hemos equivocado o que pasa aquí”

Todos miramos a través de las ventanas y notamos la variación del asfalto a la arena en el nuevo camino. No había señales de circulación, ni casas, ni comercios, ni coches. Se suponía que pronto veríamos el mar y lo hicimos pero un mar embravecido. El clima cambió, hacía frío, el aire chocaba con lo único que parecía de nuestra era, nosotros y la Barón.

“¡Qué coño pasa!” “Da la vuelta”

Pero no se podía, Mario intento manejar el volante pero nada funcionaba correctamente, la furgo estaba poseída por algo que la manejaba a su antojo. Nos asustamos, la verdad es que estábamos acojonados, los móviles no tenían cobertura y no veíamos a nadie. A la hora de camino, paró en un pueblo, debía de ser Auray, era pequeño y con calles empinadas que daban a un río, el puente de madera unía las dos orillas.
Bajamos de la Barón después de un rato de meditación y de miradas acuosas. Era completamente anormal lo que nos estaba pasando. Los habitantes no parecían vernos, les intentamos hablar, pero no había manera. Poco a poco se nos fue quitando el miedo y nuestros pensamientos de intranquilidad se convirtieron en fantásticos. Estábamos paseando con antiguos habitantes de la Galia, veíamos su sistema de evacuación (cubos de agua sucia mezclada con heces por la ventana), las calles embarradas, casas bajas de madera y paja. Callejuelas, algunas sin salida.
Un olor a algo fétido y húmedo mezclado con pescado podrido y madera quemada recorría todas las calles. Elena cogió ramas de romero y nos las pasó para afrontar esa peste. Nos alejamos de allí viendo el descuartizamiento de un jabalí, los chillidos del animal se nos metieron en los sesos y pasmados nos metimos en nuestro hábitat. Entre nosotros casi no hablábamos, nuestra conversación era algo más:

“mira ese lo que hace, está robando la fruta” y esa mujer mira la espalda, la tiene en carne viva”

Al montar la Barón arrancó sola, bordeando la costa llegó a lo que podríamos llamar Carnac. Un pueblo mas pequeño que el anterior pero con un movimiento comercial mucho mayor, vimos niños llenos de mierda, algunos desnudos jugando en la playa.
Sin dejarnos, esta vez apearnos, desde la ventana comenzamos a ver filas de menhires, este conjunto estaba adornado con miles de flores y una columna humana iba tocando uno a uno, suponemos para acompañar en vida a los muertos.

Seguíamos sin creernos lo que nos pasaba. Era una especie de sueño bueno, Carlos estaba asustado, él y Vicky se daban golpes en la cara para intentar despertarse, estaban convencidos de que era un sueño. Elena, Pepi, Mario y yo estábamos encantados, nos habíamos metido en la Galia más hermosa, y eso era un placer para el auténtico viajero, queríamos continuar, ver más y aprender más. Fumamos, fumamos y fumamos mirando por la ventanilla el paisaje verde y la fuerza del agua en los ríos.

Dormidos los seis, despertamos en Concarneau, bajamos entumecidos en el pueblo. El mar cubría las entradas del lugar amurallado, la única entrada desde la tierra estaba custodiada por soldados y un puente levadizo. Pequeñas embarcaciones cargadas de pescado amarraban en el pequeño puerto y una gran cantidad de costaleros las separaban y despedazaban para llevarlas pueblo a dentro.

Debíamos recargar la furgoneta de agua y vaciar los restos de los depósitos, ¿dónde?, parecía complicado. Vimos a unos cientos de metros de la entrada una familia desarrapada viviendo en unas chabolas de paja. Parecían tener en su poder la única fuente de agua del extrarradio. Colocamos la Barón en posición y arremetimos con la manguera el chorro de agua. En ese momento el agua paró de salir y vimos como la madre había tapado con una piedra el agujero de entrada.
Eran gitanos, y no podían vernos pero si parecía sentirnos. Miraba a su alrededor como si un espíritu les estuviera rondando y sin pestañear comenzó a gritar.

“Vosotros que queréis agua de nuestra fuente,
antes tenéis que pagar, dejar monedas en ese árbol,
para poder continuar”

La hicimos caso. Se hacía de noche y sentíamos hambre, después descansamos. La Barón nos esperaba con todo preparado. Dimos una vuelta por el pueblo, parecían prepararse para algún acontecimiento especial, las tabernas y creperías adornaban sus entradas, puede que los nobles de la zona pasaran por allí de vacaciones, disfrutaran de la música folclórica y de paso se aprovecharan de algún o alguna lugareña.
El pueblo dentro del mar era increíble, las luces de las antorchas iluminaban durante la noche las entradas y los puestos de control, debíamos estar acercándonos a una zona problemática, los feudos, los terratenientes y la Iglesia debían tener mucho poder y las rebeliones de campesinos aunque no llegaran a cuajar siempre estaban allí, manteniendo a los soldados en alerta.

Durante la tarde alcanzamos el Pont du Raf, ya en la punta de la Bretaña. Andamos para acercarnos lo máximo posible a los acantilados. El frío y el viento nos frenaban los pasos, el cielo se cubría de nubes veloces, arrastraban un color rojizo de la puesta de sol. Nos quedábamos sin luz, y el camino raso se estrechaba hasta hacernos avanzar en fila de uno. Al fin encontramos la salida y, como no, la Barón nos esperaba con la puerta abierta. Habiendo salido de ese paisaje atronador nos topamos con un pueblucho de casas bajas, Lecrona, descendimos cansados de nuestra dejadez a la hora de decidir. El pueblo parecía abandonado, en su plaza asimétrica sobresalía una iglesia y de ella un campanario señalando al cielo. Vimos varios hombres cargar con cajas de botellas, el líquido era semiblanco y espumoso, nos recordó a la sidra. Cuando se despistaron un segundo, agarramos un trío de ellas y salimos corriendo. Sabíamos que era muy probable que no nos vieran, pero de todas las formas es algo instintivo. Pepi resbaló, pero antes de que cayera, Mario y yo la agarramos de los antebrazos.
Por fin entramos en el hogar, “hogar dulce hogar” decíamos, “¿cuanto tiempo estaremos así, nos marcharemos y recuperaremos nuestra vida?”.

! Ya ¡ .De noche. Sin parar, ¿qué pasaba hoy?, era jueves y tendríamos que estar regresando. La cena de ayer fue estupenda, una mariscada fresca y sabrosa en el puerto del minúsculo Calcale. Las ostras, los mejillones, el mero, las cigalas, las caracolas y la sidra nos compusieron un estómago intranquilo.
Pero hoy, que quería el ser o la cosa que conducía por nosotros, dónde nos llevaba. Los caminos se convirtieron en barrizales y estos en arenisca, estábamos girando hacia el Este, despejando los fantasmas del bosque. De repente, Stop, que hacer. El motor parado, todos en silencio. Un pedo, de quién, a nadie se le ocurrió responsabilizarse. Nos miramos. Dos plantas enormes, solitarias, llenas de pelos en sus hojas, se estaban abrazando, parecían amigas intimas, formidable la naturaleza. Ese abrazo nos obsequió con tranquilidad, lo que pasaba debía ser bueno, seguíamos en pie, pensando. La luna brillaba como nunca habíamos visto, era grande. Nos deseamos suerte antes de acostarnos en pleno pulmón de lo que podríamos llamar el Bosque de Armorique.
Al despertar nos rodeaban muchos tonos de verde, la planta seguía allí, sin moverse, arrimada y cariñosa.

La ducha fue rápida, queríamos salir de allí. El motor arrancó. Parecía no preocuparnos demasiado hacia dónde nos guiara. Pasamos ovejas, vacas, gallinas y burros acampados en sus alfombras verdes. Eso es, vamos a ver más, sin parar de viajar, de aventurarnos y correr hacia el norte. Nuestra idea de viaje de Semana Santa se convertía en un alucinante universo de fantasía. Nos preguntamos porqué, que o quién nos abrumaba con tanta incoherencia. Era algo que debíamos contar, por supuesto, siempre y cuando nos dejaran finalizar en algún momento.
Forcejeando con ideas que nos sobrepasaban en mucho a la imaginación paramos en una llanura, este debía ser nuestro último día en Bretaña, estaba anocheciendo, habíamos visitado St. Malo y estábamos cansados, es un puerto marítimo con murallas troyanas, barcos de corsarios y de piratas permanecían anclados, era una urbe salvaje, sus calles estaban repletas de grupos de hombres apostando en la pelea de turno, daba igual quién se pegara con quien, todo valía, la corrupción se palpaba en el ambiente y tanto que una de las piedras lanzadas estuvo a un milímetro de mi cara . Nos alejamos hacia la llanura y esta nos volvió a acercar al océano Atlántico. Un pequeño camino nos condujo hasta una imagen de ensueño, el arcángel St. Michel coronaba el esplendido y majestoso monasterio agarrado de una roca dentro del mar, la gente se agolpaba e iba a como una tromba de agua hacía la puerta de la roca, algunos semidesnudos, otros cubiertos con lo poco que les quedaba, niños en brazos de sus madres, carros completos de ancianas. Todos querían pedir algo al Santo, que les protegiera del despotismo feudal, de los robos continuos de los bandidos.
El viento crecía y les ponía el peregrinaje más difícil, los desafortunados caían al mar con total sumisión. La Barón pasó la noche protegiéndonos del vendaval, el agua chocaba en la carrocería que se movía como si se fuera a levantar. Por la mañana seguía el peregrinaje y nos unimos, vimos desde el interior lo que desde el exterior parecía sobrenatural. Puede que no sea verdad el dicho: lo importante es el interior. En este caso no.
En un momento de confusión, Carlos rozó con la manga un objeto de cristal, calló al suelo en mil pedazos y el sonido retumbó tanto que las miradas se centraron en los seis, una voz de mujer desde lejos gritó.

“Nos los manda el arcángel Michel para destruir a la guarnición van a ser nuestra salvación.”

La escena fue heroica, todos parecían vernos, pensaban que éramos divinidades y en su cabeza se les abalanzó la esperanza. Nos cogieron en hombros y nos sacaron del monte hacia la llanura. Gritábamos exhaustos que nos dejaran y por fin dejaron que pronunciáramos alguna palabra. No nos entendían y eso les acrecentaba la fe. En un despiste Vicky, que iba la primera, hizo caer al agua a sus porteadores, corrió hacia la Barón e hizo que todo el fanatismo se fijara en ella. Nos soltaron para perseguirla pero se metió en la Barón y esta salió a nuestro encuentro haciendo que todos subiéramos.

La velocidad fue nuestro punto fuerte y les dejamos con facilidad. Cada vez era mas peligroso y pedimos todos juntos poder regresar sanos y salvos. A medio día ya perdido toda esperanza, entramos en un túnel y no quisimos averiguar nada mas.

Al fin.